No me lo esperaba. ¿Cómo podía imaginar que, al levantar la sábana, la descubriría a ella?

Así que mis manos se quedan tan frías y muertas como las de los difuntos con los que trabajo.

-¿Ramón, qué te pasa?

Permanezco inmóvil. Es igual que Teresa. Pero es imposible. No puede ser ella.

—Carlos —escucho mi voz pero no recuerdo haber movido los labios —. ¿Cómo se llamaba?

—Espera —mi compañero rebusca entre los papeles del forense —. Teresa. Teresa Santos. Falleció la madrugada de ayer, en su casa. La encontró su marido. Había signos de violencia.

Aun hay motas de sangre en la piel inmaculada de su cuello. El mismo cuello que hace dos días yo besaba con pasión.

—Ey, ¿estás bien? ¿La conocías?

Carlos me pone la mano en el hombro y al moverse levanta una esquina de la sábana. Veo de refilón el pecho de Teresa, profanado por profundas cuchilladas.

Echo a correr al lavabo sin poder contener las arcadas.

Me doy cuenta de que estoy llorando por el sabor salado en la boca.

A lo largo de mi vida he visto suficientes muertos como para saber que Teresa nunca volverá a levantarse.

La han vestido y maquillado. Parece tan viva que me arde el alma por saber que está muerta. Desearía alejar de un puñetazo a todas las personas que se congregan a su alrededor. Fingiendo estar tristes, cuando sus ojos no brillan con las llamas de la rabia y la desesperación.

Pero yo solo soy el enterrador que permanece oculto en una esquina de la capilla. Solo soy el amante escondido. Solo soy el gran amor de su vida.

Cada paletada de tierra que cavo, es como un mazazo en mi alma. ¿Por qué no huimos cuando tuvimos la ocasión? ¿Por qué no dejamos todo atrás para empezar una nueva vida, lejos de esta corrompida sociedad?

—Ramón, ya es bastante profundo.

Carlos me mira con gesto de extrañeza.

—Sí, vale —respondo tratando de fingir —. ¿El ataúd?

Me hace un gesto con la cabeza. Es de madera pulida, con un epitafio grabado: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”

Era nuestra frase.

—Siempre fue muy sentimental —dice un hombre elegantemente vestido, con bigote negro y una rosa en la mano —. No encontraré otra mujer como ella.

Trato de contener las lágrimas mientras le escucho pronunciar esas palabras y terminamos de tapar la fosa.

Me quedo solo junto a la tumba. La noche está a punto de caer, pero yo no me quiero separar de su lado.

—Eh. Tú —escucho tras de mi.

Me giro con rapidez y le descubro a él. Su marido.

—Al final tuve que tomar cartas en el asunto. Si no era mía, no sería de nadie.

Tardo unos segundos en asimilarlo.

—Cuídate las espaldas—se despide.

Le veo caminar entre las lápidas, seguro y confiado.

—Aplícate el cuento, amigo.

Respondo yendo tras él con la pala en la mano y la sed de venganza inundando mi corazón.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Wolfdux @Wolfdux hace 1 año

    Hola Coral! veo que los dos hemos empezado esta nueva andadura con el duelo del enterrador. A mi se me atragantó bastante... Pero el tuyo es muy bueno. La verdad es que me ha gustado mucho, aunque me he fijado que cometes un error en los incisos: "—Carlos —escucho mi voz pero no recuerdo haber movido los labios —. ¿Cómo se llamaba?" La última raya del inciso debe estar pegada a "labios". Habría que revisarlos. Por lo demás, un texto fenomenal. Desconozco como funciona lo de las puntuaciones, pero si continuas haciendo relatos así, tu objetivo de entrar en el TopTen lo conseguirás holgadamente. Un abrazo.

  • Elein @Elein hace 1 año

    Cuando leí este relato por primera vez en las evaluaciones me pareció increíble. Me gustó mucho cómo introdujiste la trama, la relación entre personajes y cómo la ira consumía al protagonista a la par que el dolor le desangraba. Es de los pocos relatos que han utilizado la ira como fase central y me ha parecido una opción muy acertada. Como única pega, lo que te comentan por arriba, algunos espacios entre las rayas del diálogo están mal colocadas, pero seguro que en los próximos textos lo dominas. Enhorabueno, espero que nos sigamos leyendo.


Tienes que estar registrado para poder comentar.