Me levanto de la mesa al terminar de comer, camino a una de las gavetas y saco un bol con tapadera, coloco la porción de comida establecida y giro la tapa cuidando que quede herméticamente cerrado, entonces pongo un par de panes de caja en una bolsa plástica y, añadiendo una cuchara, coloco todo dentro de la lonchera.

El silencio en la mesa es contundente, pero hace algunos días la alegría de la casa se fue de vacaciones, no era extraño entonces la falta de risas.

Miro a mi familia en la mesa, todos me miran con una extraña expresión —un poco común ahora—, era una expresión dolorosa.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta de pronto mi esposa con un nudo en la garganta, ya se imaginaba lo que hacía, cada martes, jueves y domingo yo hacía lo mismo.

—Nos toca llevarle de comer a mi… —la siguiente palabra se ahoga en mi garganta, mientras mis labios tiemblan y mis ojos se llenan de lágrimas.

Los ojos de mis hijas hacen lo mismo, y mi esposa se pone en pie para abrazarme.

—Lo lamento tanto, amor —susurra a mi oído mientras me cubre con sus brazos—. Lo siento en serio —dice y le creo, sus lágrimas y su voz quebrada pueden asegurarlo.

El silencio en la casa es ahora sollozos, y ninguno de nosotros es capaz de terminar su comida.

Mis hijas se van, cada una a sus labores, mi esposa toma a la más pequeña para llevarla a clase de ballet, la vida sigue y debemos andarla.

Yo me quedo sentado en soledad, sintiendo como mi pena me sume en un estado anhedónico que realmente odio mucho. Miro la comida preparada y, suspirando, la tomo después de poner en un vaso deportivo un poco de agua de frutas.

Vuelvo al trabajo con un lonche que nadie comerá en mano, abro el cementerio aunque está lejos de ser la hora para volver a abrirlo, pero tengo tiempo de sobra ahora que no debo pasar dos horas acompañando a mi padre mientras come y se asea.

—Hizo albóndigas en chipotle y pasta a la mantequilla —explico mientras de nuevo mis ojos se aguan—. La serví —digo sorbiendo la nariz—… Me olvidé que ya no estás… a ratos lo olvido… creo que es la manera que tiene mi cabeza para permitirme dejar de sufrir… —hablo frente a una lápida colocada hace un par de días atrás—... es que no me lo esperaba —excuso. Y es que nadie podría hacerlo, nadie despierta algún día esperando que alguien que ama no esté más.

Me quedo sentado allí hasta que el reloj del templo al fondo del cementerio suena las seis de la tarde, entonces levanto los trastes con la comida fría y el agua templada, los pongo de nuevo en la lonchera y camino unos metros para tomar la pala y cavar una fosa del familiar de alguien que alguna vez, en su negación, olvidará que él ya no está.

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