El agua caliente golpea mi espalda. Las gotas resbalan por mi cuerpo, llevándose consigo la suciedad. Ojalá pudieran llevarse también los años. Tantos y tantos años.

Pero no debo pensar así. Tengo que concentrarme en disfrutar el presente, en pensar positivamente, en lo maravilloso que es vivir. Si, simplemente eso.

Entré a ducharme hace media hora, así que decido salir. Me dispongo a hacerlo...y es en ese momento cuando sucede la catástrofe.

Al levantar el pie el equilibrio me traiciona. Intento agarrarme a la barra que me instalaron hace poco, pero no la alcanzo. —¡Qué inutilidad! —llego a pensar. Resbalo torpemente y la fuerza de gravedad me impulsa hacia una inevitable caída de espaldas.

Por un momento solo puedo pensar en el dolor. En cómo recorre cada fibra del poco músculo que conservo. Es cuestión de segundos antes de que desaparezca dejando tan solo una vibración, y ni imagino cuantos moretones. Pero el daño físico no me importa. Lo peor es saber que no hay vuelta atrás, que no existe médico, pastilla o taller espiritual que revierta el tiempo.

Ahora ya no siento nada, ni dolor ni extremidades. Solo después de un rato tumbado la espalda empieza a atormentarme. Me giro para cambiar de posición, y es entonces cuando un tirón se extiende desde mi hombro hasta la punta de los dedos. Intento moverme y me doy cuenta de que estoy inmovilizado. Mi mano ahora se encuentra demasiado lejos de la barra, demasiado lejos de la solución segura. O junto fuerzas y me levanto por mí mismo o espero a que en unos días alguien encuentre mi cuerpo inerte en esta misma posición.

Sorprendentemente me resulta más tentadora la segunda opción. Que todo termine de una vez y ya. Que se acabe. No más dolor, no más sufrimiento. Y no tendría que hacer nada, simplemente quedarme aquí, esperando a que el tiempo se lo lleve todo. Mis problemas de salud, mis angustias. El sueño repetitivo que me recuerda el día en que todo podría haber cambiado. En el que yo le regalo al amor de mi vida aquella caja envuelta que demuestra cuánto la quiero, y ella la rechaza. Si solo hubiera sabido lo que había dentro, mi vida habría sido diferente. Yo hubiera sido feliz.

¿Por qué la angustia dura tanto? ¿Por qué no se acaban mis penas?

Y entonces se aparece ante mí la solución para terminar con todo: un ángel. Seguramente lo esté imaginando, pero lo veo tan claramente que pongo eso en duda. Escucho su voz en mi mente. Sé que intenta persuadirme para hacerlo, y que según mi terapeuta no tendría que dejarme llevar. Pero, ¿Cuántas veces vino un ángel a visitarme?¿Y no me dijeron que tengo que aprovechar las oportunidades mientras viva? Así que eso hago, el ángel me ofrece la posibilidad de llevarme con él, de hacer desaparecer todas mis penurias, todas mis angustias.

Tan solo tengo que quedarme quieto y esperar. Si tan solo permaneciera aquí tendido, todo ello se esfumaría…

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