He llegado a ser un dios. Admirado y temido. He logrado postrar ante mí a las fuerzas más poderosas del mundo; todo hombre, mujer y niño ha oído mi nombre y tiemblan ante mi imagen. Pero aquí me hallo, tras un cúmulo de malas decisiones que han desmoronado mi imperio. Que esta carta sirva para aquel que continúe mi legado, para evitar cometer los mismos errores que yo y llevar al partido a la victoria.

Hace 4 años de mi gran error. Estando en guerra con Inglaterra tomé la decisión, en contra de mis consejeros, de invadir el frente soviético, rompiendo el pacto de no agresión que teníamos. Conquisté gran terreno, pero el frio invierno ruso impidió que mis tropas llegasen a tomar Moscú. Pocos días después declaré la guerra a los americanos, aprovechando el ataque del imperio japonés a su base de Pearl Harbor. Poco después me di cuenta que luchaba contra los tres estados más poderosos del planeta.

El año siguiente perdí todo lo que había logrado conquistar en la zona rusa, junto con casi la mitad de mis hombres. Esto me obligó a retroceder y perder, ya no solo terreno, si no credibilidad ante el resto de países en conflicto.

Los americanos me arrebataron toda Italia. Me engañaron con una trampa y me dejaron llegar documentos falsos, encontrados en un cadáver en España. Eso provocó que perdiera un gran punto estratégico para dominar el Mediterráneo.

El año pasado creo que fue el peor. Perdí todos los territorios de la parte occidental de Europa al recibir un ataque anfibio de los que se hacen llamar aliados. Pocos meses después, mis propios hombres, hermanos de batallas a los que había cuidado y protegido, intentaron eliminarme con una bomba. Muchos de ellos perdieron la vida, aunque fallaron en su plan. Tuve que ejecutar a sus familias, así evitaría que cualquier otro capitán o general intentara lo mismo. Por desgracia, ese atentado provocó en mí ciertas cosas que me están destruyendo. Se me atascan los pensamientos, me quedo en blanco mientras pienso. Además, poco después empezaron los temblores en el brazo. Me estoy muriendo.

Hace unos meses me di cuenta de que ya ni siquiera mi pueblo me respeta. Mis discursos no animan a los soldados a luchar y por eso hemos perdido esta guerra. Me casé con Eva ayer por decisión suya y he terminado mi testamento hace poco. Sabemos lo que nos espera si nos capturan, así que preferimos morir dignamente. Le he regalado una caja envuelta en papel de regalo, que mis hombres han tardado mucho tiempo en encontrar. Dentro había una postal de un ángel, una pistola y una botellita de veneno. Es una gran religiosa, y yo la respeto por ello. Me ha dicho que no es capaz de usar el arma, por lo que ha acabado tomándose el ácido.

Sin más, recalcar que queremos que se nos incinere en el lugar donde, durante doce años, he otorgado servicio a mi pueblo.

A. Hitler

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