—Pásame la botella, palurdo.

—Si me vuelves a llamar palurdo te arranco la piel a tiras, zorra hija de puta —dijo Polan.

—Pásame la botella, palurdo —insistió Claudia.

Polan la miró unos segundos. Luego agarró la botella de vino y, con todas sus fuerzas, se la lanzó. Tenía muy buena puntería. La botella golpeó a Claudia en la frente y la derribó, inconsciente. De su ancha frente comenzó a brotar la sangre, espesa y oscura. Nadie en la taberna se preocupó por ella. En tiempos de guerra, un guerrero más o uno menos no es significativo, y menos si un mercenario, como Claudia. Pasadas casi tres horas, un raquítico monje encapuchado se acercó a ella. La agarró de los pies y la arrastró hasta la calle. Siguió arrastrando el cuerpo hasta los establos. Lo colocó en una zona de paja seca y le quitó la cota de malla. Con un cuchillo muy afilado rajó la túnica de cuero y le descubrió los pechos, pequeños y fuertes, más parecidos a los de un hombre que a los de una mujer. Se sacó la polla y comenzó a masturbarse. Acercó la mano a los pantalones de lana de su víctima e intentó bajárselos, pero en ese momento, Claudia despertó. Confusa, miró a su alrededor. Pronto lo entendió.

«Me están violando. Otra vez...» pensó.

Su agresor, viéndose descubierto, trató de huir, pero no consiguió dar ni dos pasos. Claudia se incorporó de un salto y se abalanzó sobre él. Lo tiró al suelo y le pegó una brutal patada en la cabeza. Luego, lo cogió por el cuello y la nuca, y le destrozó la nariz contra el suelo. Cuando le hubo convertido la cara en un amasijo de carne desgarrada y sangre, cargó el cuerpo inconsciente del monje a su espalda y lo llevó a la torre norte de la muralla. El soldado que estaba de centinela trató de impedirle el paso.

—¿Adónde crees que vas, furcia? Esta zona es sólo para soldados del ejército del Rey.

Claudia, sin mediar palabra, dejo el cuerpo del monje en el suelo y le pego tal puñetazo en la cara al soldado, que le arrancó dos dientes y un pedazo de lengua. Luego, metió el cuerpo del monje en la torre. Había allí otro soldado, encargado de disparar con el cañón al enemigo que asediaba la ciudad. Consideró que era inútil tratar de razonar con él, así que lo dejó KO de un codazo en el cuello. A continuación, metió un proyectil y pólvora en el cañón, ató el cuerpo del monje a la boca del mismo y… bum. Disparó el cañón y el proyectil partió por la mitad al monje, manchando toda la torre de sangre y vísceras.

Volvía sobre sus pasos, silbando una melodía militar, cuando un pinchazo en la frente le hizo recordar el incidente con Polan y la botella de vino. La ira volvió a apoderarse de ella.

«Maldito hijo de puta, voy a por ti».

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Wolfdux @Wolfdux hace 1 año

    Joder con Claudia... Me pirran este tipo de personajes. Quiero ver el reencuentro entre Polan y ella. :·) El diálogo introductorio es exquisito. Ha sido un placer y una gozada leerte. Felicidades.

  • Slevink @Slevinks hace 1 año

    Excelente historia, me atrapo desde el principio la naturaleza de los personajes la forma como das conocimiento del pasado de Claudia y el hecho de que en cualquier otro tipo de circunstancia eso haría que una mujer se sintiera traumatizada, pero no ella no, ella llego y exploto al bastardo al medio. encanto.


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