Etilicios y sobraicos lucharon durante varios años. Los etilicios, según leyendas que se contaban entre los guerreros de Sobrair, poseían la fuente de su poder en una torre que emanaba vahos embriagadores, provocándoles ausencia de dolor físico y pérdidas de consciencia. El efecto del vaho y la ingesta de su núcleo los volvía guerreros salvajes y despiadados, pero además les daba un coraje difícil de doblegar.

Maruma había sido víctima de una embestida sorpresiva la noche en que los etilicios entraron en malón a la ciudad de Sobrair. Los invasores, pendencieros armados con piedras, botellas de vino rotas y garrotes, arremetieron contra los habitantes, robando, incendiando y violando a las mujeres. Desde aquella noche en que Tobar, su hijo, le fue arrebatado de sus brazos, Maruma se alistó en las fuerzas y después de varios años, se convirtió en guerrera; solo tenía en mente recuperar a su hijo, a cualquier precio.

Los etilicios, aquella noche, robaron también el cañón de plata; un arma que desconocían la manera de usar, pero que sabían que representaba una amenaza para su pueblo, ya que era la única capaz de derribar a la torre del vaho que les daba poder. Maruma lo sabía y cuando estuvo lista, se entregó a la epopeya más difícil, cruda e imposible de su vida.

Partió junto a un centenar de hombres al amanecer. Los enemigos vivían en la ladera de una montaña a tres días de galope. Cuando llegaron, se desató una batalla sangrienta y larga que puso a los etilicios rápidamente en ventaja, pues los doblaban en coraje y en número. Maruma peleó con fiereza cuerpo a cuerpo con ellos y su destreza le dio victorias parciales, hasta que un golpe en la nuca la hizo caer al suelo. Alcanzó a ver los pedazos de vidrio que cayeron junto a ella y se mancharon con el espeso líquido bordó, tan parecido al color del núcleo de la torre, que caía de su cabeza. El hombre que le había arrojado la botella, al verla sangrar, la miró sorprendido. Maruma pensó que el pendenciero creyó que de sus venas emanaba vino.

—Ayúdame, soy etilicia, llévame al cañón de plata y mataré a los sobraicos —dijo la guerrera, casi inconsciente

Llegaron hasta una cueva con una antorcha ardiendo en la entrada. En ella, el cañón de plata apuntaba hacia el centro de la ciudad etilicia. Con las últimas fuerzas que le quedaban, cargó el arma, tomó la antorcha y encendió el cañón.

El disparo dio en el medio de la torre, que en segundos, derramó todo el vino ladera abajo. La sorpresa paralizó a los etilicios, quedando indefensos y a merced de los sobraicos. Maruma se puso de pie dispuesta a empujar al vacío al etilicio que la había ayudado, pero su cuerpo se paralizó al reconocer en el rostro de aquel hombre que ahora le sonreía feliz, los ojos de Tobar.

Aquella fue la última guerra entre ambos pueblos.

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