Manuelita, con su ancha trenza colgando del hombro portador de su fusil, prepara los cartuchos que necesitan los rebeldes en la trinchera. Mientras Mariana, con pluma en mano y cinturón de cartucho en pecho, redacta los acontecimientos del día.

—Rosa fue a la trinchera de Villa esta mañana y parece que ha asesinado a la esposa de Pedro.

—Villa cree que las mujeres solo estorbamos, era de esperarse —responde Mariana sin despegar tinta y pluma.

—Zapata nos mandó un mensaje hace unos minutos. Nos pide llevar el armamento de fusiles recuperados a las tropas —Manuelita señala una esquina del campamento donde reposan escondidas las aludidas.

—En ese caso más vale que nos demos prisa —murmura Mariana, reemplazando la pluma por un fusil cargado—. No vaya a ser que por la tardanza nos caiga el chahuiztle. Además tengo noticias de la frontera y tú debes entregar los cartuchos listos.

Ambas mujeres con sus faldas de manta ondeando al viento, y fusiles en mano, llegan al centro de puebla, con su tierra cubierta en sangre, presentandose ante otra soldadera.

¿Cual es el informe? —pregunta Mariana echándose al piso, preparando posición de apunte.

—Se ha perdido parte de la pólvora y los rebeldes se han quedado sin cartuchos —responde la mujer interrogada.

—Manuelita ya se encarga de eso. De modo que solo nos queda, ¿que?¿Una cuarta parte de la pólvora?

—Así es. Los rebeldes de la tropa sur, han traído los cañones que consiguieron de los soldados, pero dudo que la pólvora alcance.

—Bueno, por el momento solo contamos con las ametralladoras, tendremos que arreglárnoslas con esto hasta que Manuelita lleve el mensaje al campamento —señala Mariana disparando a distancia desde su posición.

—¡Esos desgraciados están usando cañones! Debemos responder de igual manera —grita Mariana, atando su rebozo a la cintura.

—No podemos, no contamos con los recursos —chilla la joven a su lado.

—¡Tenemos que atacar! Nuestros hombres y mujeres yacen al frente de esta guerra, luchando con valentía, ellos están recibiendo los disparos de esos cañones. ¡Debemos atacar de lejos con lo que tengamos!

Dicho esto, Mariana toma el resto de la pólvora y se lanza hacia el frente en busca de los cañones de su tropa. Cuando lo halla, se pone a prepararlo cuando de la nada, uno de los soldados contrincantes, infiltrados, le lanza una botella de vino a la cara, ocasionando que un hilo de sangre brote de su frente.

—¡Demonios!

El golpe, la ciega durante unos minutos. Minutos que aprovecha el hombre para darle una arrastrada, golpeándola sin piedad. Mariana patalea con todas sus fuerzas hasta desasirse del hombre; y lo noquea con el mango de su fusil. Solo entonces, con las fuerzas que le quedan, amarra al hombre frente al cañón, termina de preparar el mismo, y sin remordimientos y con sed de justicia, dispara.

La tierra tiembla ante el rugido del cañón, la sangre como un río empapa la tierra, mientras Mariana grita: ¡Unión! ¡Libertad!

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