—¡A cona que te pareu! —rumio a grito pelado; acordándome de las meigas de mi tierra, las bruxas y la madre que parió al hideputa que casi me abre la crisma de un botallazo. Se ve que se quedan sin piedras allá arriba porque empiezan a llovernos encima enseres varios—. ¡Merda de borgoñón, te dejaste el vino! ¡Devuélvemela llena, carallo!

—¡Pelayo! —me chilla Paco Ortigosa a pleno pulmón para que le oiga entre tanto jaleo, tras verme lanzar el casco vacío a su legítimo dueño con idénticas intenciones—. ¡Zascandil descerebrado, vuelve con los demás!

Recojo a mis compinches de camino. Unos pocos siguen hostigando al enemigo a las puertas del castillo, entreteniéndoles mientras la escuadra de Pepe Botijo termina de situar los cañones frente al muro más desprotegido. Nada más llegar me cae una colleja de mi protector Don Alonso de Cossío; cántabro de nacimiento, sevillano de adopción y poco metomentodo en general. Razones todas para tenerle yo en estima.

—Eso por hacer lo que te viene en gana, mangurrián zurcefrenillos. A la próxima ordeno a Ortigosa que dispare y se te lleve por delante.

—Y hará usted muy bien, mi Capitán, si logra llevarse conmigo a alguno de esos gabachos cagalindes. A mí, con que ponga usted una velita al Santo a la vuelta...

Me mira con un gris en los ojos que hace que me tiemble hasta el coleto. Escondo la mirada, de natural desafiante, y la guardo a buen recaudo porque por una vez no me la puedo permitir.

Llevo todo el día en vilo. Nunca me ha dado miedo luchar o morir en la refriega, pero me aterra que alguien descubra mi secreto porque puede alejarme de esta vida que llevo. Por eso, ahora que Don Alonso sabe que soy más Juana que Pelayo, temo más el acero de su mirada que el resplandor tenue de una vizcaína a traición. Aunque no ha tomado aún acciones en contra mía, me veo teniendo que desertar esta misma noche después de haber dado una merecida tunda a esos bellacos.

—¿Quieres hacer los honores, Pelaillo? —Ríe Ortigosa tras un poblado mostacho, a lo bajo, gracioso él.

—No quiero enfadar más a Don Alonso, Paco, que las collejas no son estocadas pero también pican.

Enfadao, dice —suelta el gaditano, con el gracejo que suele prodigarse pasando Despeñaperros—. Lo que pasa, zagal, es que no te ha cambiado ni la voz y ya tienes más cojones siendo mochilero que muchos baldragas de por aquí con sus escudos y blasones. Anda venga, gallego, que te dejo dar la candela.

—¡Fuego! —ruge Don Alonso al fin. Tomándole la palabra al gañán de Paco prendo la mecha todo lo rápido que puedo.

Un estruendo de mil demonios atruena el aire y la nube de pólvora nos guarda de miradas enemigas. Ya está. Da igual lo que me suceda a partir de ahora, de perdidos al río. Arramblo con la primera hoja que encuentro y le sigo.

—¡Santiago y cierra, España!

Comentarios
  • 3 comentarios
  • Wolfdux @Wolfdux hace 1 año

    Un relato muy, muy divertido. El vocabulario utilizado encaja perfectamente con lo que se quiere transmitir, felicidades. Solo por ponerme un poco puntilloso, jeje, colocaría una coma tras "estocadas". Un saludo.

  • Hola. Me tocó leer este cuento y debo volver decir que me encantaron las expresiones. Y ahora que las releo más aún. Lo de 'te dejaste el vino [...] devuélvemela llena' me perece antológico. Buen trabajo :) Un saludo.

  • Ángela Giadelli @Angie hace 1 año

    Gracias @JuanFValdivia :) Lo de las expresiones, reconozco que es un poco jugársela a los dados, porque hay gente que les encanta porque le da realismo al texto y gente que odia tener que andar buscando en el diccionario. Pero bueh XD @Wolfdux Mira que te pones puntilloso y no me dices lo del "botallazo" jajajaja! Estás perdiendo facultades puntillosiles! Un abrazo majo ;)


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