Un grito se alza entre la multitud: «¡Se llevan al infante!». En la mañana del dos de mayo, la multitud se concentra ante el Palacio Real para evitar el secuestro de la Familia Real y asalta las puertas. Los franceses sacan sus tropas a la calle pero los gatos, armados con navajas, piedras y todo lo que encuentran a su paso, no están dispuestos a permitir su victoria.

Las monjas practican su oración en silencio mientras los estallidos de la guerra retumban en el interior del convento; sin embargo, servir en la casa de Dios no siempre es suficiente y un estruendo atroz interrumpe sus plegarias. Una decena de hombres armados revientan las puertas y cargan contra ellas. Una joven novicia se defiende de los ataques de esos salvajes con las tijeras de costura que esconde bajo el hábito y consigue huir del lugar donde ha vivido desde que su madre la abandonó. Se desprende de sus ropas para no llamar la atención y corre hacia la plaza.

Las calles de Madrid son un polvorín. Los franceses han desplegado toda su artillería y varios cañones sitian el lugar. Un grupo de mujeres arroja macetas y tinas de aceite hirviendo desde un balcón al grito de «¡Abajo los franceses!». Aprovecha el caos para acercarse a un cañón, prende la mecha y el pesado proyectil impacta contra la multitud. El estruendo retumba en el aire y el olor a pólvora crea una atmósfera irrespirable. Busca un lugar donde ponerse a salvo pero es imposible. Esquiva los cuerpos degollados de soldados y civiles que yacen en las calzadas. También el golpe de una botella de vino que estalla contra la fachada de la casona que tiene a su espalda. Se agazapa detrás de un arco de piedra y suspira aliviada, hasta que la golpean en la cabeza.

Cuando abre los ojos, se encuentra tendida sobre una superficie dura y cubierta con una manta que la guarece de la humedad. El entorno es oscuro y alumbrado por unos candiles. Mira a su alrededor y observa a un hombre afilando su albaceteña con un canto. No tiene aspecto de soldado pero no quiere arriesgarse. Estira la mano, agarra uno de los candiles y lo lanza contra él sin que se lo espere. Se incorpora deprisa para levantarse pero la cabeza le da vueltas. El hombre la agarra por la cintura para evitar que se caiga y recibe un sonoro guantazo como muestra de gratitud.

—¡Si intentas algo, te mato!

—He visto lo que has hecho en el convento y en la plaza. Tienes arrestos, muchacha —la suelta y se separa de ella—. Esto aún no ha terminado y quiero que vengas conmigo. Si aceptas, te cuidaré. Si no, cada uno por su lado. Piénsatelo pero no tenemos mucho tiempo.

Encuentra una Biblia sobre una caja de madera y piensa que salvar inocentes no es pecado. Sobre todo lo demás… el Señor la perdonará algún día.

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