El sonido de la batalla era una mezcla ensordecedora de gritos, disparos y relinchos. Arlette se secó el sudor de la frente con la manga mientras el servidor introducía la baqueta en el ánima para preparar el siguiente disparo. Miró a su alrededor y vio que el resto de sus compañeros de artillería no tenían mejor aspecto que ella. Llevaban combatiendo toda la mañana, pero la ciudad se negaba a rendirse. La teniente Fantin pasó a caballo vociferando instrucciones a la compañía de reserva. Si no avanzaban rápido, se quedarían allí hasta que anocheciese. El servidor le hizo una señal, sacándola de sus cavilaciones. El arma estaba cebada y lista para disparar. Comprobó la elevación del cañón, acercó el botafuego al oído y se apartó de un salto para esquivar el retroceso cuando la enorme bala salió propulsada a toda velocidad para ir a estrellarse contra la terca muralla de piedra caliza.

—A este paso, la guerra no acabará nunca —comentó otro artillero.

Así es, pensó Arlette con amargura. Todos deseaban que la guerra terminase, preferiblemente con la victoria de Francia, para poder volver a casa con sus familias. Ella era la única que sabía que eso no ocurriría jamás. Aquellos soldados, aquel mundo, existían por y para la guerra, habían sido diseñados para ella. Si los combates cesasen, todo se desvanecería. La joven sacudió la cabeza, esforzándose por apartar esas ideas de su mente.

La contienda se prolongó hasta pasado el mediodía, pero finalmente, en torno a las cuatro de la tarde, el enemigo cedió y la bandera francesa fue izada en las almenas. Los soldados regresaron al campamento, felices por la victoria, abatidos por el recuerdo de las vidas perdidas. Arlette se dirigió a la enfermería. Tenía una herida de bala en el hombro que necesitaba puntos; además, quería ver a François. El joven médico estaba junto a la puerta de la tienda, lavándose las manos ensangrentadas. Al verla venir le sonrió y tras secarse con un trapo cogió una botella de vino de una caja de madera cercana y fue a su encuentro.

—Toma —dijo lanzándosela con un suave balanceo. Arlette la atrapó al vuelo—. Creo que te lo has ganado.

—Nos lo hemos ganado —puntualizó la artillera.

Entraron en la tienda cogidos de la mano. Una vez sentada en una de las endebles camas de la enfermería, Arlette se quitó la chaqueta para que François pudiese examinar el corte. Le confirmó que necesitaría puntos. Mientras se los daba, la soldado abrió la botella y dio una largo trago del líquido pardusco. Era dulce como la miel. Nunca dejaría de sorprenderse ante el realismo de sus sensaciones. A pesar del dolor en el hombro, estaba contenta de estar allí. Tenía toda la acción que podría desear, tenía a sus rudos pero nobles compañeros de armas... y tenía a François.

Sonrió. Sin duda, quedar atrapada en aquel juego de realidad virtual era lo mejor que le había pasado en la vida.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Wolfdux @Wolfdux hace 2 años

    Un relato muy bien escrito y que se lee del tirón. Me ha gustado la ambientación y el estilo de la narración, aunque el final me ha parecido flojo, esperaba algo más impactante. Que sea un servidor quien haga la acción de cargar el cañón y demás, está correctamente utilizado como recurso, pero por alguna extraña razón, me ha hecho pensar en algún tipo de servidor virtual, y por lo visto, no iba mal encaminado, de ahí que no me haya sorprendido ese final. Me he fijado que has utilizado “ánima” como si fuera una palabra masculina, pero es femenina. Por último, hay un “una largo trago” que debería corregirse. Un saludo.

  • María @merodeador92 hace 2 años

    Me alegra que te haya gustado. La palabra "ánima" es femenina, pero empieza por "a" tónica, así que debe ir precedida de un artículo masculino, igual que "el águila". Decir "la ánima" o "la águila" sonaría fatal. Por lo demás, agradezco tus observaciones.


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