—¿Estás segura de esto? —preguntó Eili.

Dasra la miró con una gran sonrisa.

—Tu solo encárgate de trepar, yo distraigo a quien venga —contestó mientras terminaba de colocar el cañón.

Cogió una bola de hierro que tenía una cadena enganchada y la metió por la boca del cañón. Luego, con la antorcha en la mano, se acercó hasta la mecha.

—Será mejor que te tapes los oídos…

Eili obedeció mientras Dasra encendía la mecha. Segundos después, una gran explosión retumbó en toda la plaza y la bola de hierro surcó los aires arrastrando la cadena con ella. Cayó al otro lado del muro, dejando la cadena colgando de la tosca pared. Eili comenzó a trepar cuando unas voces y un desenvainar de espadas se escucharon en uno de los callejones que llegaban a la plaza.

—Vienen soldados, ¿te apañas sola? —preguntó Eili, encaramada a la pared.

—Por supuesto, sube y encuentra lo que hemos venido a buscar.

Eili se perdió entre las sombras del muro, oculta por la noche, cuando los soldados aparecieron.

—¡Allí! —gritó uno de ellos—. Es la que nos robó el cañón anoche...

Dasra desenfundó su espada mientras sonreía, iluminada por la luz de la antorcha que acababa de soltar.

—¡Creí que habíais tenido bastante con lo que os di en la armería! —Se burló¬— ¿Venís a por más?

Los hombres se abalanzaron sobre ella y Dasra los recibió a espadazos. El primero que lanzó pilló desprevenido al soldado y le hizo un corte que le cruzó toda la mejilla. El segundo fue desviado por el compañero. Ellos le atacaron a la vez, haciendo que retrocediera mientras esquivaba los envites. De un salto rodeó el cañón y lo interpuso entre los soldados y ella.

—Venga, que no se diga que unos guardias del reino no han podido vencer a una mujer… dos veces en el mismo día —bromeó Dasra.

Cogió los restos de la cadena que colgaban de la pared y se los enrolló en el antebrazo mientras desviaba estocadas con la espada. Un golpe certero de uno de los soldados se habría incrustado en su cabeza de no haber levantado el brazo para cubrirse. Los soldados rodearon el cañón y la hicieron retroceder hasta la pared.

Un sonido de cristales rotos llenó la plaza y uno de los soldados se llevó la mano a la cabeza antes de desplomarse. Su compañero se quedó mirándolo sin comprender cuando Dasra le golpeó con la empuñadura de su espada y cayó inconsciente.

La cadena sonó y, tras unos instantes, apareció Eili con unas alforjas de cuero colgando.

Dasra arrastró los cuerpos para esconderlos mientras su hermana descendía.

—¡Coge! —dijo Eili.

Dasra levantó la vista y vio como esta le lanzaba una botella. Soltó al soldado y cogió el recipiente a escasos centímetros de chocar contra el suelo.

—Ten cuidado, Eili. Es el vino más caro del reino, y ya hemos desperdiciado una botella.

—¡Estas han salido gratis!

Ambas rieron y salieron de la plaza con su botín.

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