Las botas de Lena traqueteaban el agua enlodada, y el eco chocaba a lo largo del antiguo túnel. Huía con la rapidez ganada entre su niñez y adolescencia en las carreras de atletismo de las fue campeona seis veces. Entre sus manos sostenía un arma larga, y en su espalda colgaba un morral con quince kilos de la mítica piedra Nebulus, extraída por ella y sus cinco compañeros de misión, que ahora no eran más que alimento de zombie.

Sin perder el equilibrio, se se viró para silenciar con una ráfaga de balas el gruñido de un par de zombies mutantes que corrían feroces tras ella. Al llegar a la salida la luz solar le aporreó la vista; llevaba cinco días sin salir a la superficie. Sus ojos verdes, como los sables de los Jedis, resplandecían sobre su piel blanca, manchada por arena, limaduras y lodo. No pensó en la fatiga, sino en sus acérrimas ganas de venganza.

A veinte kilómetros se distinguía la ciudad envuelta por un remolino de polvo y humaredas. Era el año 2035.

Subió en su camioneta, y cubrió su rubia melena con un pasamontañas, poniéndose en marcha hacia la ciudad. Sus ropas negras se camuflaban a la perfección entre las sombras.

En el refugio de los humanos sobrevivientes, un equipo de científicos y militares, hacían las últimas pruebas al fenomenal cañón en el colocarían las Nebulus. Cuando Lena arribó todos se aglomeraron a su alrededor con aplausos. Alguien le lanzó una botella de vino que ella atrapo firmemente con una mano: «En honor a cada ser humano asesinado destruyamos la zona ZM, y a sus zombies. Retomemos nuestro mundo», las venas del cuello se le tensaban con cada palabra.

Un día después sus camionetas atravesaron la ciudad disparando al tropel de mutantes que se les abalanzaban, agresivos, desde cualquier esquina o calle. Los arrollaban y se esparcía la carne mortecina como una pasta sobre el asfalto y la carrocería de los vehículos. Este sería el último encuentro con los zombies, lo hizo que Lena recordara el primero: ella tenía dieciséis y con un remo decapitó con precisión y temeridad a tres que irrumpieron en su casa. Pronto cazarlos se convirtió en otro de sus deportes favoritos.

A cien metros de la zona ZM Lena activó el cañón para el lanzamiento, al tiempo que los disparos de los militantes del ZM tintineaban sobre el metal de los vehículos. La edificación de hormigón constaba de cuatro áreas, dónde reproducían un ejercito de zombies mutantes cuya tarea era asolar el mundo. No había contagio, todo era un plan mortal.

Lena disparó el cañón sobre el área uno, y el veloz rayo la pulverizó por completo. Ella sentía una satisfacción inexplicable. Luego de cinco lanzamientos la zona ZM fue avasallada hasta sus cimientos. La batalla humanos versus zombies culminó al amanecer. El amanecer más esperanzador que habían tenido en dos años. La vida volvería a florecer gracias a las bendecidas manos de los vivos.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.