Sabía que no había sido buena idea aceptar ese encargo. Sobre todo porque aquel botarate había olvidado mencionar que el final de la cueva desembocaba en pleno territorio orco. ¡Aquello no era una misión de escolta! ¡Era un suicidio!

Arrojó los polvos de Nyr que guardaba en el zurrón y sus siluetas se esfumaron el tiempo suficiente para buscar un escondrijo.

«Maldito estafador», maldijo en su cabeza. Aquella misión no valía quince lágrimas de ninfa ni diez colmillos de sierpe negra. ¡Qué demonios! ¡Valía al menos dos huevos de hipogrifo!

La punta de un dardo envenenado silbó junto a la mejilla de Iriel, interrumpiendo sus juramentos mentales. Desvanecer sus siluetas no les hacía inmunes al daño y no había lugar seguro en aquel bosque infecto de orcos.

Su corazón latía violento y el sudor resbalaba por su garganta. Su mirada saltaba en todas las direcciones, buscando un resquicio. Su mano acarició por instinto el acero de su arma y un extraño cosquilleo le recorrió la espalda. Amaba el combate, sí, pero no frente a una horda inacabable. Era una aventurera, no una palurda que se lanzara al combate en un escenario imposible.

Pero no le quedaba otra, el efecto de las sombras se agotaba.

Agarró el cilindro que colgaba del cinturón y accionó su mecanismo. La vara se estiró hasta alcanzar su altura y sus extremos silbaron descubriendo sus filos.

Abandonó al alfeñique y se lanzó al combate haciendo girar la vara tan rápido que sus enemigos apenas vieron un destello metálico antes de caer cercenados. Iriel se deslizó entre ellos, esquivando sus hoscas mazas y sus mugrientas espadas, rebanando sus gaznates con aquella danza mortal. Su agilidad y su pequeña figura le conferían ventaja, pues los orcos arremetían con fuerza bruta y poco cerebro.

Pero poco importaba hacia dónde corriera ni cuántos orcos asesinara, pues por cada guerrero caído, tres más ocupaban su puesto.

Se abrió paso hacia lo que parecía un puesto de control, donde los cañones le dieron una idea. Lanzó un par de dagas a los vigías, haciéndolos caer por la empalizada. Con la fuerza de la carrera, clavó su arma en tierra y se impulsó con ella, girando en el aire hasta alcanzar el cañón.

Disparó hasta que los ataques cesaron. El alfeñique emergió tembloroso, preguntándose cómo había sobrevivido. Iriel se marchó sin mediar palabra, el trato estaba roto y su destino le traía sin cuidado.

«El Dragón Escarlata» la recibió con su habitual algarabía, sus disputas, sus secretos a voces y sus infames acuerdos. Una taberna repleta de mala reputación y buena bebida.

Se sentó en la parte más alejada de la barra, buscando silenciar sus moratones y heridas bajo el engaño del alcohol. Cruzó miradas con el tabernero, que le lanzó una botella de su mejor vino. Poco después, un encapuchado se sentó a su lado.

—Mis servicios no son baratos —advirtió augurando un nuevo encargo.

Él depositó un suculento botín en la barra.

—Te escucho —dijo curvando sus labios.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Wolfdux @Wolfdux hace 1 año

    Muy buen relato. Me ha gustado como has descrito de manera muy visual la lucha entre la protagonista y los orcos. Pese a que el final me mola, creo que el salto que tiene temporalmente el relato es demasiado abrupto para mi gusto. En un párrafo esta disparando cañones y en el siguiente esta bebiendo alcohol y aceptando otro encargo. Por lo demás, un relato fantástico. Un saludo.


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