Pocos son los conocedores de la historia de la capitana Melbrough: su tripulación, los sensatos rufianes que se esconden lejos de ella, los que murieron a sus manos y un servidor. En uno de mis viajes tuve la suerte de encontrarme a bordo de su navío para poder vivir lo que os voy a contar a continuación.

Un estruendoso estallido impulsó la bola de cañón roja que la propia capitana disparaba desde la cubierta para impactar de lleno en la popa, ese era su saludo.

—Vamos, chicos, ¡démosle la bienvenida que merecen a nuestros visitantes! -exclamó ella.

Los piratas se unieron en un eufórico grito de guerra a la vez que alzaban las armas y preparaban los ganchos para el abordaje. En el momento que las púas y las lanzas redujeron las primeras filas, comenzó el combate cuerpo a cuerpo que se desarrolló en el otro barco, mientras otros se mantenían a la distancia disparando con los arcabuces. La destreza de aquellos hombres a la hora de luchar era sorprendente, claro que su vida dependía de ello. Melbrough permaneció en su sitio buscando al capitán enemigo y sólo cambió de cubierta cuando lo encontró. Se abrió paso firmemente usando sus pistolas y hasta en una ocasión su propia cabeza. Ya habían caído muchos hombres y los filibusteros que me alojaban se imponían cuando ambos jefes se encontraban frente a frente. Ella empuñó su alfanje en la mano derecha y en la otra una daga. Sus armas en seguida llamaron mi atención y la del hombre que estaba a punto de enfrentarse a ellas. Algunos pudieron disfrutar del combate. Fue una pelea digna, en ocasiones, cuando la cara de ella se me mostraba fugazmente como una chispa, podía verla sonreír, verdaderamente disfrutaba de aquello. Aún me dan escalofríos al recordarla. Él se defendió bien, pero terminó perdiendo y acabó atado de pies y manos junto a los pocos supervivientes a su mando.

—¿Puedo preguntarte algo? -dijo él a la capitana que se erigía victoriosa frente a sus ojos- ¿Por qué luchas con unas espadas tan pequeñas?

Melbrough sonrió al escuchar aquello justo antes de girarse para recibir una botella del mejor vino que un rufián encontró en la bodega guardada como un tesoro. Lo destapó y pegó un trago largo con gusto, luego derramó el resto sobre la madera alrededor de los presos. Empezaron a derramar barriles de aceite y pólvora sobrante de los cañones con lo que no tardé mucho en entender que lo del vino no fue una burla. De pie sobre el pasamanos preparada para descender hacía el bote de vuelta a su embarcación la capitana prendió un portamechas y lo lanzó. Justo cuando la primera llamarada se alzó del suelo respondió pronunciando las palabras que la acompañarían en el futuro:

—Para que mi victoria sea más grande.

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