He sido adiestrada en combate por el mejor y más valiente caballero. Lucho a su lado desde hace más bien poco y ni sus hombres de confianza saben de mi verdadera identidad. Para sus caballeros solo soy un muchacho demasiado joven y e inexperto, pero que pelea como un demonio. No soy excesivamente fuerte, pero sí ágil en extremo. Cuando la batalla acaba desaparezco del campo y busco el refugio de mi padre. En verdad no me agrada guerrear, ni la muerte, ni el dolor ni la injusticia que conlleva, pero desde que mi marido nos humilló a mí y a mi hermana decidí luchar por mi familia y no tener más señor que a Rodrigo Díaz.

Padre murió ayer atravesado por una flecha. Si ese momento llegaba las instrucciones eran claras: debíamos embalsamarlo y sacarlo a batalla sobre su caballo, convenientemente ataviado y armado. Pero ese ardid no surtirá el efecto deseado. El enemigo lleva toda la noche celebrando su muerte con sonido de tambores y enseguida repararán en que se hallan ante un jinete sin vida. Así que ahora estoy ciñéndome la armadura de padre. Somos casi de la misma altura y, con voz impostada, podré hacer creer a sus hombres que soy él y que solo estoy malherido. Lo creerán cierto, sin duda, pues necesitan creerlo.

Antes de ponerme el yelmo entra mi hermana fuera de sí, gritando, maldiciendo y lanzándome todo o que encuentra sobre la mesa en la que padre tomo su último almuerzo: las sobras, la botella de vino y su copa. Grita como si estuviera poseída.

—¿Qué crees que estás haciendo? ¿Acaso te has vuelto loca?

-Solo hago lo necesario para ganar esta batalla. Ya es hora de que vivamos en paz.

—Si madre llegara a enterarse…

—No seas niña. A partir de hoy Jimena gobierna Valencia y merece conocer todo lo que acontece en su reino. En breve llegara para ayudarme con la montura.

Elvira está presente en el momento en el que salgo al paso con Babieca. Mis caballeros me siguen sin dudar. Los tambores de los moros siguen sonando, pero vamos a callarlos con un nuevo artilugio venido de lejanas tierras. Se trata de un tubo que lanza bolas de hierro y fuego. Cuando acciono su mecanismo el cielo ruge y parece que se desata un infierno. Los tambores quedan mudos y salgo al encuentro de las tropas de Ben Yusuf. Vemos cómo el miedo se dibuja en sus rostros al reparar en mi efigie. Algunos huyen como cobardes mujerzuelas, aunque la mayoría quedan paralizados de puro terror. Un insensato carga a pie contra mí y le alejo de una patada en el rostro. Desmonto y, sujetando a Tizona con las dos manos, le propino un tajo seco y rápido. Mis soldados cargan contra el enemigo que abandona la batalla despavorido mientras quedo en la retaguardia, satisfecha por lo conseguido en esta jornada. Hoy el Cid gana su primera batalla después de muerto. Veremos cuántas más nos aguardan

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