—¡Detente! —gritan.

Pero no puedo obedecerles, aunque mis músculos me supliquen un respiro, mi pecho duela con cada respiración o mi vista se nuble por el esfuerzo de la carrera.

No puedo detenerme, pues soy la presa y ellos mis cazadores.

Es curioso. Durante dieciséis años me he sentido así en esta ciudad, presa de un lugar que no me pertenecía. Un laberinto de bloques de metal, sofocante, corrompido. Pervertido por el egoísmo, el consumo, los excesos. Ahogado por la falta de tiempo, la imposición de la norma. Un lugar donde los rascacielos intentan arañar el firmamento y apagan con su falso brillo la belleza que esconde el universo.

Pero varias noches atrás, cuando aquella voz entró en mis sueños, sentí que mi existencia cobraba algo de sentido. Me pidió que robase «las lágrimas del hada», un amuleto que adornaba el escritorio de Izan, el recientemente fallecido director del instituto. Y yo la obedecí, porque por algún motivo me pareció correcto.

Y aquí estoy, con él entre mis manos, trepando escaleras de incendios y atravesando azoteas tan altas que siento vértigo solo con pisarlas.

Pero mi carrera se detiene cuando ellos bloquean la única salida.

—Devuélvenoslo. —Sus rostros se endurecen y sus miradas me queman. El eclipse lunar alcanza su cénit y la noche se vuelve inescrutable.

«Nami», susurra el viento, preocupado. «¡Nami, salta!».

Obedezco, sin mirar la distancia entre ambos rascacielos, el inmenso vacío que separa mis pies de la urbe que tanto odio, deseando acabar con todo.

Pero mientras me precipito, el amuleto brilla y rasga la noche. Algo me envuelve, cercano, cálido. La realidad se deshace y la caída se detiene. Cuando abro los ojos el mundo ha cambiado.

Unos seres adorables me reciben, envolviéndome en un tierno abrazo. Su piel y sus alas brillan como mil soles. Son hadas.

—Bienvenida a casa —dicen mientras las lágrimas asolan sus preciosos ojos dorados—, hermanita.

Entonces miro mis manos. Mi piel también brilla con ese resplandor dorado, como un millar de estrellas bailando. Algo me acaricia la espalda. Al girarme las veo. Son alas. Alas púrpuras con vetas negras. Preciosas, como las de una mariposa.

—El brujo borró tus recuerdos cuando te despojó de tu magia y te obligó a renacer al otro lado.

—¿Qué?

—Rompiste el tabú, Namië. Te enamoraste del humano al que protegías. Nuestros mundos no debían encontrarse. El brujo te castigó.

Los recuerdos vuelven despacio y con ellos su rostro, su sonrisa.

—¿Cómo he vuelto?

—El brujo ha muerto y ahora nadie dicta las reglas —declara un hada regordeta—. Aprovechamos el eclipse para rescatarte, cuando las barreras entre ambos mundos se debilitan.

Mi conciencia despierta y el dolor me invade. El dolor por los años perdidos, por su ausencia, por su castigo.

—¿Dónde está…? —preguntó temblorosa, temiendo que su destino fuera peor que el mío o que ya me haya olvidado.

—Encerrado en el Bosque Angosto. Lleva dieciséis años esperándote.

Bato mis alas y me elevo junto al viento, dispuesta a rescatarle.

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