Hacía ya demasiado tiempo desde que habían entrado en aquel lugar y habían comenzado a discutir quién sería el asesino. Habían empatado. Estaban sentados a la mesa, acompañados por restos de comida ya secos, botellas vacías de whisky y una vajilla tan ostentosa como fuera de lugar. Sergio le daba vueltas a los restos de su plato con el tenedor de plata brillando en su mano y la cabeza en otro lapso temporal; no podía dejar de pensar en las consecuencias que aquéllo tendría para todos.

El excéntrico hombre de traje blanco, barba canosa impecablemente recortada e incipiente calvicie les había propuesto participar en lo que llevaba siendo su último juego durante años. Nadie había conseguido ponerle fin y ellos tendrían la oportunidad de hacerlo. El juego era simple: realizarían una serie de pruebas tras las cuales recibirían una puntuación individual. Una vez terminado, disfrutarían de una última cena en la que el ganador tendría que decidir si ese macabro juego se acabaría para siempre o no. De cualquier manera, tendría que matar al último clasificado. Si quería que todo acabase para siempre, él también debía morir. Debía acabar él mismo con su vida. Si decidiera mantener el juego vivo, sería recompensado con todo aquéllo que deseara. No era un trato fácil de rechazar.

Omar estaba atado en la silla y totalmente drogado. Sólo sus ojos se movían en aquella cara pálida e inexpresiva. Hacía tiempo que las drogas le habían hecho efecto y su cuerpo no sentía siquiera la presión de la silla. Su cabeza, aún despierta, sufría cada uno de aquellos últimos minutos de espera desde hacía ya más de dos horas. La tensión le comía por dentro, aunque no fue capaz de olvidarla ni siquiera en ese instante. Ahí estaba ella, iluminando sus últimos minutos en penumbra, tan perfecta como inexistente.

Sergio se armó de valor y se acercó a la silla. Lo había pensado mucho y tenía claro lo que iba a hacer; ni siquiera había soltado el tenedor. Lo sostuvo con toda la fuerza que pudo mientras miraba a Omar a los ojos, clavándole el tenedor en la nuez, girándolo como si fuera un sacacorchos intentando extirpársela. Los ojos del futuro cadáver se estaban apagando y una extraña mezcla entre tristeza y felicidad asomaba en sus pupilas antes de que las lágrimas y la sangre comenzaran a cubrir su cara. Sin dejar que su cabeza volviera a tomar las riendas de su cuerpo, Sergio arrancó el tenedor de su cuello y se dejó caer hacia el suelo con las puntas ensangrentadas apuntándole a él. En esos segundos de caída, antes de que dejara de respirar para siempre, se dio cuenta: sólo era un juego y él era uno de tantos otros; su final estaba escrito desde el momento en que decidió comenzar a jugar.

— Te lo dije —susurró ella mientras le veía caer, con los ojos clavados en los suyos.

Sólo se escuchó una carcajada.

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