— Quiero casarme con él —dijo su hija Claire.

Madame LaLaurie se limpió con una servilleta la comisura de los labios y bebió un sorbo de vino francés. Estaba muy bueno. Cada vez que hablaba con su hija acababa poniendo los ojos en blanco.

— No vas a casarte con un negro —degustó las palabras tanto como el solomillo Cordon Bleu que llevaba del tenedor a la boca.— Jamás.

Claire empezó a gritar y a amenazar con cosas absurdas. LaLaurie mantuvo la calma, algo que no solía hacer cuando la discusión llegaba a este punto, pero había tomado una resolución: Claire moriría antes que salir de casa para huir con un esclavo negro.

— Me voy a ir y no me vas a ver nunca más —gritó Claire.— Mejor aún, volveré con un niño mulato a restregártelo por la cara.

El autocontrol de Madame LaLaurie se acercaba poco a poco a su final. La lucha interna aumentó su temperatura corporal hasta que rompió a sudar.

— No saldrás viva de esta casa para ir con ese negro —dijo LaLaurie.

— Te odio.

Claire tiró un plato a la pared que se rompió en pedazos manchando el papel pintado de salsa de roquefort.

LaLaurie puso los ojos en blanco.

Las patatas cocinadas por la criada estaban exquisitas. Le echaba un aceite traído de España que hacía que LaLaurie sonriera después de cada mordisco. Madame LaLaurie estaba bastante gorda. La culpa era de sus esclavas negras. Cocinaban demasiado bien.

— Traéme más vino —pidió LaLaurie.

Iba ya por el tercer marido y se estaba empezando a cansar. El último era un hombre enclenque y aburrido que tenía más dinero que pelo en la cabeza. En la mesa se quedaron LaLaurie, su tercer marido y tres hijas de matrimonios anteriores.

La discusión con Claire había sido tan tensa que el aire se podía cortar como el pimiento que comía ahora la familia.

Claire daba portazos y arrastraba objetos pesados. De cuando en cuando oían algún grito y alguna palabrota.

— Esa chica está poseída —dijo el tercer marido.

— Cállate —pidió Madame LaLaurie.

Unos golpes rítmicos les llegaron desde la escalera de la mansión. Claire bajaba algo pesado que hacía temblar las paredes de madera a cada escalón que bajaba. Los esclavos trajeron el postre.

Madame LaLaurie no lo probó aunque el mousse de chocolate negro le apasionaba. Se levantó y fue al hall de la casa. Claire estaba en el centro como una enorme maleta.

— No te atreverás —dijo LaLaurie. Todavía llevaba la servilleta colgada del cuello y tenía los cubiertos en las manos.

Claire se dirigió decidida hacia la puerta sin mirar a su madre. Madame LaLaurie avanzó con sus michelines bamboleantes a cortarle el paso. Se acercó por la espalda y le clavó en el cuello el tenedor por un lado y el cuchillo por otro.

— Te lo dije.

LaLaurie miró furibunda a su hija en el suelo de mármol, en un charco de sangre negra.

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