Pit estaba muy intrigado. Desde que desarrolló la facultad de escudriñar la mente de los demás, era la primera vez que se topaba con alguien al que no podía leer. La chica en cuestión era, además, nueva en el pueblo, por lo que no sabía nada de ella.

Aquella mañana de otoño decidió seguirla, pero centrando su atención en las personas que tenía alrededor, no fuera a ser que ella sí que pudiera leerle a él y adivinara sus intenciones. Junto a la muchacha, en ese momento, se encontraba Madi reprendiendo a su alocado hijo:

—¡Te lo dije! Sabía que te ibas a caer, pero tu nunca escuchas.

Pit sintió preocupación maternal al escrutar su mente.

Minutos más tarde, entraba por la misma ventana que utilizó la misteriosa joven para colarse en la casa abandonada de los Uter.

Accedió al comedor, repleto de polvo y telarañas. Le llamó la atención el tenedor que había sobre el mantel junto a unos platos sucios. Siempre se le olvidaba en qué lugar de la mesa debía ir y ahora que se hallaba separado del resto de cubiertos carecía de una referencia para ubicarlo como es debido.

Un ruido al fondo lo tensó. Se centró en avanzar con sigilo. Observó que, en el suelo, solo había un juego de pisadas, por lo que dedujo que también era la primera vez que ella entraba en aquella casa.

Al cruzar la puerta, que daba a un largo pasillo, descubrió que las huellas se dirigían hasta una escalera. Se asomó y la negrura que envolvía el sótano le hizo reconsiderar la idea de continuar siguiendo a aquella extraña chica.

Estaba a punto de dar media vuelta cuando un gruñido le heló la sangre y la visión de unos ojos rojos al final de los escalones lo paralizó de terror. Se quedó unos segundos sin poder mover ni un músculo, hipnotizado por aquella penetrante mirada. Entonces, el gruñido se intensificó y bajo aquellos ojos se dibujó una hilera de afilados dientes blancos. Fue el pistoletazo de salida para Pit. Se dio media vuelta y echó a correr.

Cuando llegó al salón y vio al fondo la ventana por la que había entrado pensó que lo conseguiría, pero a mitad de camino sintió un golpe en la espalda que lo derribó. Al caer de bruces se aferró instintivamente al mantel de la mesa esparciendo todo lo que había sobre ella a su alrededor. Se giró y vio a un terrible lobo negro sobre él. Sus dedos tocaron entonces el tenedor que había quedado junto a su mano derecha y, tras agarrarlo con todas sus fuerzas, se lo clavó a la criatura en el cuello.

Un aullido de dolor escapó de las fauces de la bestia. El animal se desplomó a su lado entre convulsiones al tiempo que cambiaba de forma. Al cabo, la misteriosa chica yacía desnuda a su lado.

En el mango del cubierto, que seguía profundamente clavado en su piel, rezaba: «Plata de Ley».

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