—No sé qué le ves a este lugar, Enrique. Está lejos de todo, solo se puede llegar en coche y hay mucha gente de mi familia que no conduce. Vamos a tener que poner un autobús y ya me dirás tú cómo lo…

—Espera un segundo, cariño —interrumpió su novio mientras estrechaba la mano de aquella mujer delgada y rubia que había salido a su encuentro, tal y como lo había hecho las otras veces que habían visitado aquella finca con intención de celebrar su boda—. Buenas tardes. Somos Enrique y Amaya. Venimos a la prueba del menú.

—Les recuerdo. —Sonrió—. Pasen, por favor. Estoy segura de que les vamos a sorprender.

Mientras se acomodaban y decidían qué probarían primero, aquella mujer continuó hablando desde lo alto de sus zapatos dejando claro que, si algo no les gustaba, se podría cambiar: si no les gustaba la mantelería, podrían cambiarla; si no les gustaban las sillas, podrían cambiarlas; si no les gustaba la cubertería podrían -claro está- cambiarla. Amaya pensó que hablaba demasiado. Y, si lo pensaba mejor, todo en ella le parecía excesivo: era demasiado delgada, demasiado rubia… incluso sus tacones eran demasiado altos.

—¿Qué les parece la ternera asada en su jugo? —quiso saber la rubia.

—¡Está buenísima! —Era lo primero que le gustaba a Amaya de ese sitio.

—Te lo dije, cariño.

—Espere a probar el biscuit de higos, señor Herraz.

—Tengo muchas ganas de catarlo. ¿Quieres un poco, cariño?

—¿Cómo sabe tu nombre? —dijo Amaya dejando los cubiertos lentamente sobre el mantel.

—¿Qué?

—Te acaba de llamar por tu apellido, y estoy segura de que no hemos dado ese dato todavía. Cuando pedí cita para venir a este sitio solo di nuestros nombres de pila. Este sitio, por cierto, del que no había oído hablar hasta que lo sugeriste… cariño.

—Lo habré escuchado en una visita anterior —se justificó la rubia—. ¿Para comenzar a preparar las impresiones de los menús, tal vez?

—No —atajó Amaya—. Íbamos a imprimir los menús en el mismo sitio que las invitaciones.

No fue la duda en sus voces, ni lo pobre de sus excusas. Lo que realmente la hizo estallar fue la mirada que se dirigieron entre sí. Era una mirada insegura, pero cómplice. La de dos niños a los que se les coge en falta. Gritó, se levantó de golpe dejando caer la silla y, encarando al indeseable de Enrique, tanteó la superficie de la mesa, cogió lo que encontró más a mano y clavó el tenedor en la pierna de su ya exnovio. El aullido fue desgarrador.

Comenzó a andar deprisa, dejando atrás el coche de aquel idiota, dejando atrás aquella finca abandonada de la mano de Dios y alcanzando la carretera. La preocupaba cómo iba a volver a casa. La preocupaba cómo iba decir a su familia que la boda se anulaba. Pero lo que más la preocupaba era, por supuesto, que sus tres últimas relaciones hubiesen acabado exactamente de la misma manera.

Comentarios
  • 2 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.