El sonido hueco de los tacones de Carol restallaba en los oídos de Jaime crispando sus nervios. Ella lo sabía y lo encontraba gratificante

Estaba nerviosa. Esa era la razón por la que llevaba una hora arreglada y retocando pequeños detalles. Paró para recolocar un tenedor de plata que brillaba tras una furiosa sesión de pulido. Sonrió fugazmente, pero su sonrisa se borró al instante. Jaime seguía en el sofá; en silencio, en calzoncillos, jugueteando con el móvil.

Soltó aire procurando calmarse. No era muy útil, pero calculaba que era más constructivo que las alternativas. Mejor que esa copa de vino que se moría por servirse. Mucho mejor que liarse a golpes contra los muebles. Y mejor que abandonarlo todo por un billete al paraíso a lomos de la droga. Aunque le idea de recibir a sus invitados colocada, desnuda y sexualmente voraz le parecía divertida y contracultural, casi artística.

No podía permitírselo. Su futuro entero descansaba sobre el resultado de la velada. Si sólo pudiera hacérselo entender a Jaime… quien seguía en el sofá como si la cosa no fuera con él.

La cosa iba con él, Jaime lo sabía. Sólo que no le importaba. O mejor dicho, le importaba pero el futuro que su esposa deseaba no era el suyo. Él no quería una casa lujosa pero vacía. No deseaba que los hijos fueran impuestos por las expectativas sociales. En ese momento dudaba querer a la mujer de tacones como pistolas.

—¿Quieres hacer el favor de levantarte?— le fustigó Carol. —Tienes el fracaso en los genes. Nunca haces nada por ti mismo. —Prefirió no responder, lo cual encendió más a Carol—. Cómo quieras —resopló ella. —Pero como me sigas tocando lo que no tengo, no respondo.

Jaime se levantó del sofá pesadamente y siguió el sonido de los tacones por el pasillo. En el fondo la quería, aunque presentía que se arrepentiría de ello. Y aún no sabía cuánto.

—Vamos, relájate —le dijo jocoso al pasar ante ek comedor. Vio cómo su espalda se tensaba.

—¡¿Que me relaje?! Cómo esperas que me relaje. — Su voz tenía un filo acerado. —No será porque tú puedas mantenernos. Rehúyes tus responsabilidades. No eres más que un cobarde y un…

La dejó rezongando en el salón y fue a vestirse. Ella le había preparado la ropa. La dejó a un lado y se puso algo un poco más cómodo, pero aún formal. Cuando volvió al comedor Carol se quedó mirándole pasmada; la servilleta que estaba doblando por enésima vez calló al suelo.

—¿Qué has hecho?

Jaime dio una vuelta sobre si mismo. —Arrebatador. ¿A que si? – dijo con un sonrisa. Se acercó para darle un beso. Al fin y al cabo solo estaba nerviosa; necesitaba apoyo.

Pudo ver un brillo argénteo antes de que el tenedor se clavase en su ojo. Su grito de dolor se mezcló con el de furia de su mujer.

— Te lo dije —murmuró Carol mientras Jaime subía a una ambulancia.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Wolfdux @Wolfdux hace 1 año

    Fui uno de tus comentaristas. Aunque me repita, esta frase me encanta: "Y mejor que abandonarlo todo por un billete al paraíso a lomos de la droga. Aunque le idea de recibir a sus invitados colocada, desnuda y sexualmente voraz le parecía divertida y contracultural, casi artística." Un saludo.


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