El mercenario se sentó en el banco mientras el tabernero le servía el plato de carne.

—¿Qué es esto? —preguntó cogiendo uno de los utensilios de la mesa.

—Se llama tenedor, señor —respondió el tabernero—. Los ha fabricado el herrero para comer con más facilidad. Si me permitís…

Alargó la mano, cogiendo el tenedor. Luego lo empuñó como si se tratara de una navaja y pinchó la carne con las tres pequeñas puntas.

—¿Veis? ¬—dijo levantando la carne del plato sin dificultad. Luego la volvió a dejar, con el tenedor clavado—. Sencillo.

El mercenario tardó unos minutos en coger soltura con aquel utensilio, pero luego comió a buen ritmo. Casi había terminado la carne cuando entraron tres hombres en la taberna.

—¡Tabernero! —gritó uno de ellos— ¡Tres jarras de tu mejor Sangre de Elfo!

El mercenario se levantó y, con la mano puesta en la empuñadura de su espada, se volvió hacia los hombres.

—¡Ese nombre está prohibido por decreto real! Esa bebida ahora se llama Marcaloa, así que espero no volver a oír que la nombráis mal.

El tabernero comenzó a llenar las jarras mientras rezaba a los dioses para que no se entablase una lucha allí dentro. Los tres hombres se quedaron observando al mercenario.

—Un decreto real de un rey muerto —dijo uno de ellos. Aquel hombre había presenciado la usurpación del trono y el asesinato del antiguo rey, Sir Thomas I, esa misma mañana, por lo que se sentía confiado al haber sobrevivido—. Así que la llamaré como quiera.

Los tres hombres se acercaron hasta la barra y comenzaron a beber mientras el que había contestado al mercenario les relataba lo ocurrido esa mañana en el torneo. El mercenario volvió a sentarse y se terminó su bebida mientras jugueteaba con el tenedor entre los dedos.

—Por favor, no quiero problemas aquí dentro —dijo el tabernero cuando le retiró el plato y la jarra—. Por favor…

El mercenario asintió y dejó un par de monedas de hierro sobre la mesa. Se levantó, cogió su capa y se dirigió hacia la puerta.

El cabecilla del grupo, al ver que se iba, dijo:

—Pon tres jarras más de Sangre de Elfo, ahora que estamos entre amigos.

El mercenario se giró hacia la barra, pero al ver la cara del tabernero, decidió marcharse.

Tras tomar algunas jarras el grupo dejó la taberna. En la puerta de la misma se despidieron y se separaron. El que se había enfrentado al mercenario cruzó un par de calles y llegó hasta un soportal. Cuando iba a abrir la puerta, una mano se apoyó en su hombro.

¬—Te dije que no la llamaras así —dijo la voz del mercenario mientras lo lanzaba contra la pared de enfrente. Con el tenedor de la taberna en la mano, el mercenario se acercó a él y se lo clavó en el cuello. La sangre burbujeaba al salir por la garganta, mezclada con el aire de los pulmones—. Te lo dije…

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