El joven entró en la tercera carpa del mercado ambulante.

No se veía al tendero por ninguna parte, aunque no era algo difícil debido a la cantidad de estantes y mesas que abarrotaban el puesto y mostraban a los posibles compradores gran variedad de bandejas, lámparas, joyas y juegos de cubertería con tenedores para todo tipo de alimentos.

Raúl escuchó un sonido a su espalda y al girarse golpeó con la mochila una jarra con filigranas en su superficie de plata. La cogió a tiempo de evitar que se estampase contra el suelo; pero cuando se disponía a continuar su recorrido por el puesto, se topó con un hombretón que más parecía salido de una forja que de un taller de delicada orfebrería.

—¿Puedo ayudarle en algo? ¿Busca algo en concreto? —mientras hablaba, el hombre desvió la vista hacia la jarra y se acercó a ella para frotarla con un trapo.

—¿Tiene algún colgante para una chica especial? Es para mi hermana. No le gustan mucho las joyas, así que algo discreto estaría bien.

—Creo que tengo algo, venga por aquí.

El orfebre guio al joven hasta una vitrina de cuyos vidrios no había rastro y comenzó a mostrarle una selección de cristales engarzados en hilos de plata.

—Estos colgantes son de mis trabajos más delicados. Cualquier persona con buen gusto sabría apreciarlos. —Con orgullo, el orfebre pasaba el trapito por las piezas antes de enseñárselas al muchacho.

Entonces se abrió la cortina que hacía las veces de puerta y el orfebre dirigió la mirada a una bandeja situada en lo alto de un estante.

—Ha venido… —Comenzó a estrujar el trapo con movimientos bruscos antes de recordar que tenía un cliente delante—. ¿Le importaría echar un vistazo a aquella mesa de allí? Tengo que arreglar un asunto pendiente.

Raúl se encaminó hacia donde le había indicado el tendero, junto a algunas cadenas de eslabones finos. Sin embargo, la curiosidad pudo con él y se acuclilló para otear la entrada.

Bloqueando la luz en el umbral de la carpa se encontraba un hombre trajeado y con exceso de gomina en el pelo. Del bolsillo de la chaqueta sobresalía el mango de un arma blanca. Raúl se encogió en su escondite.

—Viejo amigo, ¿cómo estás? —espetó el recién llegado cuando el orfebre se le acercó—. Te veo un poco solo... ¿Va a resultar que aquella adivina se equivocó y hoy no tienes a nadie para defenderte?

—Has tardado en venir a verme.

—Sí, pero habrá merecido la pena tanta demora. —Entonces, sin previo aviso, desenfundó su puñal y arremetió contra el orfebre, que sonreía.

El hombre del traje no había contado con el joven que salió tras una estantería con un tenedor de puntas afiladas, especial para carne de buey, y que fue a clavárselo en la parte blanda del brazo armado.

—Te lo dije, Dimitri —murmuró el orfebre antes de estamparle un candelabro en la cabeza—. Hace trescientos años que el arte de la adivinación no comete errores.

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