—Estoy arruinado, tío —reconoció Carlos con voz pesarosa.

Al otro lado del ostentoso escritorio, Daniel Ibáñez, uno de los hombres más ricos y respetados del país, cenaba parsimoniosamente. Daba la impresión de que, para él, el acto de alimentarse constituyese poco más que un mero ritual, una pausa necesaria en su rutina de trabajo. El hombre, ya entrado en años y en carnes, cortó lentamente un pedazo de bistec y se lo llevó a la boca, sin quitarle el ojo de encima. Sus ojos claros y acuosos lo examinaban con severidad. Cuando acabó de masticar, se limpió las comisuras con una elegante servilleta de tela y se reclinó en su asiento.

—Mi querido sobrino, creo que he sido muy paciente contigo. Te he salvado de tus deudas más veces de las que puedo recordar y aún así siempre vuelves aquí, arrastrándote, suplicándome que te avale de nuevo —cogió el tenedor que había estado usando y se lo mostró. Era una fina pieza de plata labrada, con pequeños cristales rojizos engarzados a lo largo del mango-. Esta cubertería ha pertenecido a nuestra familia desde hace generaciones. Con lo que vale sólo este tenedor podría saldar todas tus deudas y todavía sobraría dinero para que pudieses embarcarte en otra de tus fracasadas empresas. —Volvió a dejar el cubierto sobre la mesa—. Pero esta vez no te voy a ayudar —concluyó entrecruzando los dedos y apoyando en ellos su sebosa barbilla.

Carlos sintió cómo una confusa mezcla de ira y desesperación atenazaba su garganta.

—¡Pero, tío...!

—Nada de peros, sobrino. Aunque lo cierto es que no mereces que te llame así. Con tus locas correrías no sólo has puesto en peligro la economía de esta familia, sino también su reputación. Y la reputación, chico, lo es todo en este mundo. No obstante, todo eso se acabó. A partir de ahora dejarás de ser mi problema, el de tu madre o el de cualquier otro. Por lo que a mí respecta, ya no eres uno de los nuestros.

—¡No! —gritó Carlos, golpeando la mesa con furia e inclinándose amenazadoramente hacia su tío—. Me darás lo que quiera y cuando quiera, o te juro que sacaré todos tus trapos suci…

Un dolor agudo y un espantoso gorgoteo le impidieron terminar la frase. Notó cómo la sangre se derramaba desde su boca abierta y sólo entonces fue consciente de que su tío le había clavado el tenedor en la garganta. Paralizado por el dolor y la estupefacción, se derrumbó sobre la mesa, salpicando de rojo la vieja madera.

—Te lo dije —oyó murmurar a su asesino mientras todo a su alrededor se oscurecía—: no volverás a ser un problema para esta familia.

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