A pesar de que Diáspora 23 era la décima colonia que inspeccionaba, Lanie sintió un hormigueo cuando la compuerta de acceso al complejo se abrió. Connor pasó a su lado para dirigirse al generador y activar las luces de emergencia. Sus escáneres indicaban que allí tampoco encontrarían supervivientes, así que una vez más Lanie se conformaría con reconstruir la historia de aquellas personas para que nadie olvidara su sacrificio. Aquella era una de las colonias que la Unión de Estados Libres había decidido fundar por temor a la inminente guerra nuclear que finalmente acabó por asolar la Tierra. Cincuenta naves habían partido para establecer asentamientos en otros tantos planetas donde existían evidencias de que la vida podía ser viable. Lanie y Connor eran descendientes de la tripulación de la Diáspora 17, que había asegurado la preservación de la especie humana en el planeta Sperion. Ahora cumplían la promesa de localizar las demás diásporas y buscar supervivientes.

Subieron la escalera hasta el comedor donde contemplaron un escenario totalmente diferente de lo encontrado en las otras colonias, en las que la vida parecía haberse extinguido en medio de una agónica normalidad. Aquí todo estaba destrozado. Sillas arrancadas tiradas sobre un suelo sembrado de fragmentos de plástico y cristal, pantallas y consolas machacadas… Lanie rescató del suelo un tenedor y se lo guardó en el chaleco para añadirlo a su colección de objetos de las colonias.

—¡Esa maldita manía tuya! Estás llenando la nave de trastos —protestó Connor—. Te lo dije, no perderemos el tiempo aquí buscando reliquias y llorando muertos. He programado nuestra nave para despegar en seis horas. Volvemos a casa.

—Si tienes tanta prisa ¿por qué no vas al habitáculo del Almirante y buscas los registros? —respondió molesta.

Se fue refunfuñando y ella pudo seguir investigando sin distracciones, reuniendo la información relevante mientras recorría las instalaciones arrasadas. Dos horas después Connor aun no había regresado. Decidió ir a buscarle. Seguro que no lograba encontrar los registros y su orgullo le impedía pedir ayuda. Llegó al caótico cuarto y un charco oscuro detrás del escritorio llamó su atención. Al acercarse, descubrió horrorizada el cuerpo destrozado de Connor, rodeado de sangre y vísceras. Un violento empujón la arrojó al suelo. El primer mordisco fue tan doloroso como inesperado. Se giró y vio como algo, que recordaba vagamente a una persona, engullía el trozo de carne que acababa de arrancarle. Lanie fue incapaz de reaccionar mientras el ser se abalanzaba sobre su vientre con las fauces abiertas. Parecía una pesadilla, pero la agonía que sentía cuando aquellos dientes desgarraban sus entrañas le aseguraba que todo era real. Consiguió sacar el tenedor y clavárselo en el cuello a la criatura, que se irguió mostrando su rostro desollado salpicado de fragmentos de hueso y costras supurantes. No podía imaginarse una imagen más aterradora, hasta que el cadáver resucitado de Connor apareció para unirse al festín. En un último instante de lucidez, Lanie deseó haber activado el cierre de seguridad de su nave.

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