—¡Te lo dije! —le espetó, resabida, Maribel a su esposa. Lidia miró con gesto casi impasible su carita de disgusto mientras señalaba con el tenedor algo invisible sobre su plato—. No me mires así, no estoy loca. Hay un pelo, Lid.

Lidia se armó de paciencia. Sabía que Maribel iba a ponerse en plan tiquismiquis porque era lo que hacía cada vez que comían fuera y el sitio en cuestión no se ajustaba a sus estándares —lo que venía siendo siempre, teniendo en cuenta que el estándar eran las tres estrellas de su restaurante favorito: el barcelonés Lasarte—, pero estaba harta de no poder salir a ningún sitio.

Le explicó amablemente la situación al camarero y el pobre hombre retiró el plato, avergonzado, prometiéndoles dos cosas: que les traerían uno en perfectas condiciones y que además no se les cobraría la comida.

—¿Tu ensalada está bien? —se interesó Bel, clavando sus ojazos verdes en ella.

—Mi ensalada está perfecta. Deliciosa. —Sonrió, queriendo pensar que en realidad le preocupaba.

—No deberías haber sido tan amable…

—A veces se consigue más con miel que con vinagre.

—¿Por qué me has traído aquí, Lid?

—Porque la comida es decente (a pesar del incidente). Porque estamos la mar de bien aquí, sentadas en una terracita, al fresquito. Porque mira que te pones condenadamente guapa bajo la luz de la luna, —Lidia buscó su mano por encima de la mesa y tonteó con los dedos, sin dejar de mirarla—, y porque no podemos cenar todas las noches en sitios con estrellas Michelin. Nuestra economía no da para tanto, querida.

—Dime que al menos tiene tenedores.

—Sí, tres. —Bel la miró horrorizada. Lidia intentó tranquilizarla, pero no lo consiguió. Mientras hablaban, una camioneta se estrelló un par de locales más arriba, en la misma calle. Lidia se lanzó al teléfono para llamar a una ambulancia—. ¡Acabo de llamar a emergencias! ¿Estáis todos bien?

Unos chavales bajaron algo desorientados del vehículo y se dirigieron a la terraza, supusieron erróneamente que para buscar ayuda. Pero en lugar de eso sacaron unos cuchillos y comenzaron a apuñalar a gente inocente.

—¡Lid! —intentó avisarla Maribel, quién había visto reflejado en el espejo que tenían delante cómo uno de los chicos había apuñalado al padre de familia de una de las mesas.

—¿Qué demo…? —No entendían nada, todo era caótico. Les era imposible, incluso, pensar con claridad. Viendo cómo se acercaban a Lidia por detrás, cuchillo en mano, intentó protegerla. Pero fue tarde… Lidia, su Lidia ya no estaba. La habían asesinado ante sus ojos.

Con nervios de acero, Maribel se enfrentó al agresor desde el mismo suelo donde lloraba a su esposa fallecida: agarró el tenedor y se lo clavó en la pierna al muchacho, justo por encima del hueco de la rodilla.

Iba a morir, gritando y pidiendo una ayuda que no llegaba, pero al menos el cabrón que había matado a su mujer iba a desangrarse como el cerdo que era.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Wolfdux @Wolfdux hace 1 año

    Un enfoque original. La historia fluye muy bien y tiene frases muy logradas. En el diálogo: “—Sí, tres. —Bel la miró horrorizada. Lidia intentó tranquilizarla, pero no lo consiguió. Mientras hablaban, una camioneta se estrelló un par de locales más arriba, en la misma calle. Lidia se lanzó al teléfono para llamar a una ambulancia—. ¡Acabo de llamar a emergencias! ¿Estáis todos bien?” El inciso me rompe un poco el ritmo. Hay demasiadas acciones. Supongo que partiéndolo en diferentes párrafos no quedará tan apresurado. Por lo demás, un relato interesante y muy disfrutable. Un saludo.

  • Ángela Giadelli @Angie hace 1 año

    Probablemente llevas razón Wolfdux, lo valoré pero lo dejé finalmente así porque pensé que si lo separaba el lector se perdería: dejaría un poco al aire quién llama a emergencias. Gracias, ¡un abrazo!


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