Robert corre escaleras abajo. Un dolor agudo en su vientre le corta la respiración y su boca emana sangre a borbotones. En el piso de arriba, Amanda lo contempla desde la barandilla.

Como cada año, la familia se reúne en casa del matrimonio para celebrar el Día de Acción de Gracias. Sus tres hijos, sus nueras y sus nietos, cuyo número aumenta cada año que pasa. Y ya van siete. Los pequeños corretean por la casa ante los ladridos alegres de Bobby y los adultos charlan en el salón. Robert continúa leyendo el periódico en el sofá. De pronto, suena la alarma del horno. Sus nueras colocan la vajilla de loza que guarda para las ocasiones especiales y la cubertería de plata que ha limpiado con esmero esa misma mañana en la mesa del comedor. Amanda saca la bandeja del horno con unas manoplas y coge un tenedor de trinchar y un cuchillo largo. Espera a que todos se sienten a la mesa para hacer su entrada triunfal en el salón, con la fuente del pavo relleno entre las manos. Canturrea mientras la aplauden y hacen fotos con los móviles. Comienza a servir a cada uno su porción, y Bobby gimotea a su lado, impaciente por recibir la suya.

—Llévate a ese puto perro de aquí o lo meto en el horno —dice Robert.

Agacha la cabeza e intenta extraer el tenedor de trinchar de su abdomen, pero cuanto más se clava. Su pijama azul celeste se tiñe de rojo oscuro, al igual que sus manos. Se arrastra por las escaleras, agarrado a la barandilla, con las piernas pesadas y al borde del desvanecimiento.

Después del café y los postres, los hermanos deciden jugar una partida de Scrabble, como hacían cuando eran pequeños y los niños se arremolinan en torno a la mesa para verlos. Robert se levanta con un largo y sonoro bostezo, y se despide “hasta más ver”. Incómodos, los invitados se marchan, a pesar de que Amanda les pide que se queden. Alejada de la puerta y sumida en el silencio de la casa vacía, mira el centro de flores de Pascua que adorna la mesa del salón. Se marchitará pronto, al igual que ella por su culpa.

Exhausto, tropieza y rueda escaleras abajo, hasta quedar tendido en el pasillo. Su respiración es agitada y ronca.

—¿Tienes idea de lo desagradable que eres? —le pregunta en el dormitorio.

—No quiero ruidos en mi casa, ya te lo dije —responde al terminar abotonarse el pijama—. Ojalá os vayáis todos a tomar por culo y me dejéis tranquilo.

—Creo eres tu quien va a marcharse.

Cuando deja de agitarse en el suelo, Amanda baja las escaleras y se acerca con cautela. Lo mira con la repugnancia que ha ocultado durante tantos años y suspira.

—¿Tienes hambre Bobby?

El perro despierta de su breve letargo en el sofá y levanta la cabeza, mientras su dueña arrastra el cuerpo hasta la cocina.

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