Libena temblaba golpeando el suelo con el talón. Inspiró. Todo debía ser perfecto. Espiró. Enderezó de nuevo el tenedor. No lo acompañaba ningún cuchillo, los cuchillos eran peligrosos. Contó hasta diez y volvió a inspirar. Pronto llegaría. Dobló de nuevo la servilleta.

Cuando la puerta sin pomo comenzó a abrirse huyó a su esquina, se arrodilló y bajó la cabeza, sumisa, como a él le gustaba. No miró. No debía. Le había llevado mucho tiempo entenderlo; en otra vida habría dicho que la letra con sangre entra, en la actual el dicho popular resultaba demasiado literal. Por el sonido supo, cuando bloqueó la puerta, que el código era diferente. Le oyó también depositar la cena sobre la mesa y quitarse los malolientes zapatos para finalmente recostarse en la silla.

—Vamos. Ven y sírveme —le ordenó Mario.

Fue difícil domarla. Era salvaje, jurando y perjurando paliza tras paliza que le mataría, que escaparía, que nunca le querría. Posesivo le palmeó el trasero, había sido un día duro en la oficina soportando a Marta y sus órdenes. Cómo desearía someterla, demostrarle lo poco superior que era, lo mucho que la despreciaba… y lo haría, llegado el momento. Libena también le había menospreciado, al principio, recordó. Se rio de él en una discoteca. Ya no reía. Ahora esperaba deseosa su llegada, le servía la cena, le ofrecía su cuerpo y comía los restos que él le arrojaba. Ahora era perfecta. La azotó, fuerte, no debía olvidar quien mandaba.

Ella no se inmutó. Estaba acostumbrada. Si gritaba él volvería a hacerlo. Llevaba dos días sin comer y era consciente de que tenía salsa en los dedos, se había manchado al servirla y la notaba cálida. Deseaba lamerla, saborearla mientras aún estuviera caliente. No lo hizo. Estaba bien entrenada, conocía el ritual.

Al terminar las albóndigas, Libena, solícita como siempre, recogió la mesa. Se soltó el pelo y se arrodilló frente a él. Cuando empezó a chupársela él lo supo, era demasiado perfecta. No quería esperar más, se desharía de ella y la reemplazaría con la zorra de su jefa. Con un gesto la puso en pie, colocó las manos alrededor en su cuello y apretó. No era la primera vez que lo hacía, pero en esta ocasión no pensaba detenerse.

Libena iba a esperar hasta que se corriese y bajara la guardia. Pero él la estaba castigando por algún error. No aguardó más. Alzó el tenedor, que había mantenido oculto al recoger, y se lo clavó una y otra vez en el pescuezo.

—Te lo dije, te dije que te mataría.

Pateó con fuerza el cuerpo inerte y se sentó a cenar mientras la sangre le bañaba los pies desnudos. Debía alimentar a su bebé, él le había dado la fuerza para revelarse, pues de haberse enterado le habría hecho abortar. De nuevo.

—Vaya día de mierda has escogido para cambiar el código, Mario.

El cadáver ni respondió ni podría evitar que en unos cincuenta mil intentos fueran libres.

Comentarios
  • 3 comentarios
  • Ángela Giadelli @Angie hace 1 año

    ¡Oh! ¡Malosa! ¡Qué mal que me lo hiciste pasar! Ya lo hice en el comentario, pero te felicito de nuevo por el relato. Un abrazo, bella.

  • Wolfdux @Wolfdux hace 1 año

    Buena puesta en escena. Me ha gustado mucho el relato. Me quedo con las ganas de saber cómo ha llegado Libena a estar en esa situación y de cómo pretendía Mario sustituirla por Marta. Un saludo.

  • Midyakri @Midyakri hace 1 año

    Ohhh gracias. Siempre me quedo con ganas de poner todo el contexto pasado y futuro que tengo en la cabeza... pero nunca me llegan las palabras. ><


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