La condesa de Trelvany estaba disfrutando en extremo del rosbif asado. El tenedor se hundía sin esfuerzo en la carne y la salsa aportaba la necesaria jugosidad.

Dejó el cubierto a un lado, una pesada pieza de plata cuyo mango estaba rodeado por una espiral de enredaderas, y tomó un sorbo de vino.

—Helen, tu cocinera se ha superado —dijo, mirando a la anfitriona del encuentro, la señora Hallween.

Dejó a un lado el hecho de que había organizado aquella cena con el único propósito de que sus hijas intentaran cazar a su nieto William, y reconoció que se lo estaba pasando bien. Las jovencitas eran agradables y bien parecidas, y si pertenecieran a la nobleza no dudaría en darles su visto bueno. Por desgracia, no era el caso.

—Usted no creerá esos rumores, ¿verdad, condesa?

Alexia, la más joven, la sacó de sus pensamientos.

—¿Rumores? —Y añadió con rapidez, para disimular que no se había enterado de nada—: Jovencita, nunca hay que hacer caso de los chismorreos.

—Desde luego, condesa. —La muchacha enrojeció.

—Oh, abuela, pero si hace unos días estuvimos hablando de ello —intervino William, que nunca se enteraba de nada—: del duque de Farington, que apareció muerto en su habitación: dicen que lo asesinó un fantasma.

La condesa palideció.

—¡Paparruchas! William, te lo dije entonces y lo vuelvo a repetir: ¡no existen los fantasmas!

—Pero...

—¡Ni peros ni peras! Y creo que deberíamos marcharnos, se está haciendo tarde.

La señora Hallween se escandalizó.

—Dios mío, pero si no han tomado el postre.

—No importa, Helen, otro día será; estoy llena —protestó la anciana aristócrata, haciendo ademán de levantarse.

—Pero Alexia me ha dicho que hay triffle, abuela.

Al oír aquello, la condesa se detuvo:

–Supongo que podemos quedarnos diez minutos más.

Cuando los comensales estaban disfrutando del postre, la anfitriona sorprendió a todos volviendo a sacar el tema:

—Entonces, querida, está convencida de que no fue un fantasma quien asesinó al duque de Farington, ¿verdad?

—¿Otra vez? —se enfadó la condesa—. ¡Desde luego que no! Los fantasmas no existen.

—Oh, entonces estamos de acuerdo, porque yo también estoy segura de que murió por culpa de alguien muy real. —La señora Hallween ya no sonreía—. Alguien que nunca tendrá su merecido porque sabe mucho sobre venenos que no dejan rastro y, aunque no fuera así, es noble, por lo que aunque la pillaran con las manos en la masa, jamás iría a la cárcel. Alguien que no se dio cuenta de que había otra persona en la habitación, porque esa persona se escondía para que nadie descubriera que tenía una aventura con el duque. Alguien, en definitiva, que finalmente sí va a pagar sus culpas, porque ha comido con un tenedor impregnado en veneno, que estará empezando a hacer efecto.

La condesa la miró con ojos desorbitados.

—Sí, querida: me temo que el rosbif no te va a sentar muy bien hoy. William, cielo, habrías sido tan buen partido para mi Alexia... Qué lástima.

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