Tendré absoluto respeto por la vida humana.

La primera bala que vomita mi fusil atraviesa el cuerpo de un enemigo como si estuviera hecho de mantequilla. Vuelvo a esconderme en la trinchera, sin importarme lo que suceda con su cadáver. Recargo el arma con movimientos que he repetido mil veces, me asomo, apunto y siego otra vida.

No permitiré que entre mi deber y mi enfermo vengan a interponerse consideraciones de religión, de nacionalidad, de raza, partido o clase.

Asesino a todo aquel que lleve el uniforme enemigo. No me importa que sean hombres, mujeres o niños. Tengo entendido que por las noches los heridos gritan desde el campo de batalla, y a veces esos gritos son de niños que apenas tienen la fuerza para cargar con un arma. Yo perdí la capacidad de oír hace años, cuando todavía cuidaba la vida en lugar de quitarla, así que no me importan sus gritos.

Desempeñaré mi arte con conciencia y dignidad. La salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones.

A mi alrededor mis compañeros corren y gritan de un lado a otro, asustados. El sonido de los morteros y las explosiones puede disuadirlos, pero yo no tengo ese problema; apenas noto la vibración en mis huesos. Sin nada a mi alrededor que me distraiga, puedo centrarme en matar. Un joven a mi lado me hace señas y me grita. No sabe que soy sordo. No sé lo que quiere decirme, no entiendo sus gestos. Tampoco me importa.

Conservaré a mis maestros el respeto y el reconocimiento del que son acreedores.

Soy lo que crearon, una perfecta máquina de matar sin escrúpulos ni remordimientos. Perdí a mi familia, perdí mi identidad. Mutilaron mi cuerpo y mi alma. Ya no tengo nada que perder, ni que ganar. Ni siquiera llevo la cuenta de los muertos. Sus vidas valen menos que la mierda en la que tenemos que revolcarnos a diario.

Aun bajo amenazas, no admitiré utilizar mis conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad.

Busco un objetivo en el campo de batalla y no tardo en encontrarlo. Respiro hondo y apunto. Observo sus movimientos, buscando un tiro limpio. Apunto a sus piernas, donde podré causarle una herida que tenga la suficiente mala pinta para que vayan a socorrerle pero que no lo mate demasiado rápido. Cuento mis latidos y al quinto acaricio el gatillo. Cuando el percutor restalla, rezo para que la bala no seccione la arteria femoral.

Intentaré prevenir la enfermedad siempre que pueda, pues la prevención es preferible a la curación.

Veo al enemigo desplomarse y vuelvo a agacharme para recargar. Cuando vuelvo a tener visión sobre él, observo complacido que dos compañeros se aproximan. Son lo suficientemente listos para no lanzarse en su ayuda, conscientes de que es una trampa. Parece que esperarán a que vuelvan a dispararnos con los morteros para tratar de acercarse. Creen que así estarán a salvo.

Hago estas promesas solemnemente, libremente, por mi honor.

Ilusos.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Midyakri @Midyakri hace 1 año

    Me ha gustado mucho este relato :) creo que has creado genialmente el baile entre el juramento del pasado y la locura y muerte del presente. Enhorabuena!!!

  • Wolfdux @Wolfdux hace 1 año

    Excelente relato. Una gozada de lectura.


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