Llevan luchando 23 días. Con sus 23 noches. Y en el hospital de campaña ya no cabe nadie más.

Cuando decidí estudiar medicina, no pensaba que sería para esto. Para seleccionar seres humanos. Para dilucidar cuales podrían llegar a sobrevivir. Para dejar morir a todos los demás, sin hacer nada para impedirlo.

Pensaba, inocente de mi, que llegaría a ser un doctor de renombre.

Que lograría encontrar la cura. Mi cura.

Ahora me alegro de no haberla hallado. Así, al menos, puedo dormir un poco. Sin oír los jadeos agónicos de los heridos. Sin escuchar el estallido de las bombas.

La enfermera me agarra del brazo y me guía a la camilla donde descansa un soldado desmembrado. Nos entendemos sin necesidad de palabras, de sonidos.

El grito desgarrador del muchacho al terminar de cercenarle la pierna, tampoco atormenta mis oídos. Ni mi corazón.

La batalla continua y los heridos de la contienda comparten cama con los que han comenzado a enfermar. El primer soldado escupió sangre hace cinco días y saltaron todas las alarmas.

Yo llevo una mascarilla para evitar el contagio, aunque creo que ya poco se puede hacer. Mi enfermera también ha caído presa de la fiebre. No tenemos suficiente medicamento para todos y aunque me duela admitirlo, aquí la vida de unas personas vale más que la de otras. A ella le administro el antibiótico cada pocas horas. Solo así lograré que sobreviva a la epidemia.

Aislada de los demás enfermos, postrada en una camilla sobre el suelo de tierra, me mira sin ver, con sus ojos verdes reluciendo, febriles. Mueve los labios. Esos labios resecos que acompañan una voz que nunca escucharé.

Acaricio su frente y clavo la aguja. Otra dosis más.

Por un momento, me pregunto que preferiría ella. Si morir sola en medio de una guerra absurda. O vivir a costa de convertirse en un ser como yo.

No sé cuantos días llevamos aquí. Pero cada vez hay más camas libres.

Ya no quedan soldados a los que matar. Y si las balas no acaban con ellos, la bacteria termina el trabajo.

Quedamos solo dos médicos. Ambos tomamos el fármaco. A mi los efectos secundarios no me preocupan, llevo siendo sordo toda mi vida. Pero veo el miedo reflejado en los ojos de mi compañero y no encuentro el modo de consolarle.

Ella cada vez está mejor, relajada, sumida en su perenne duermevela. Es el preludio de la vida que le espera.

Una vida blanca, mullida.

Silenciosa.

Comienza el mismo día en el que, desde la otra punta del campo de batalla, nuestro ejercito alza una bandera. Blanca.

Ella abre los ojos, frescos como la menta… Casi me parece respirar su olor en medio del hedor a hierro y a muerte. Se agita, se revuelve al comprobar que no escucha las palabras que salen de su propia boca.

Tomo su mano. Nos sentimos. Me comprende.

Y cuando el enemigo entra en el hospital, nos alegramos de no poder escuchar lo que dice.

Comentarios
  • 1 comentario

Tienes que estar registrado para poder comentar.