Al contrario que la vida, la muerte, cuando no encuentra otra vía de escape, se cuela por el olfato. Eso es lo que me llevó a hacerme médico y, en cierto modo, a alistarme en esta guerra. Cuento con el arma más poderosa del planeta, amigo: el silencio — le digo, tratando de mantenerle distraído mientras examino su brazo necrosado. Me observa tembloroso. Sus labios palpitantes van marcando el compás de las explosiones. Con sólo penetrar en su mirada logro entender lo que quiere confesarme, aunque no encuentre palabras para ello. Lo veo en su rostro gélido y apagado como si de un espejo se tratara. Soy yo. Soy yo reflejado en sus pupilas negras. Es el olor metálico de la sangre y la metralla, el zumbido espantoso de la tierra en mis manos, el último suspiro de una vida rota y callada —. Cuando era más crío, yo solía imaginarme a la muerte como un hombre parecido al abuelo. Mi madre no se cansaba de repetirme lo mucho que me asemejaba a su padre. Tal vez siempre atisbó un ápice de muerte en mi mirada. O, quizás, sencillamente lo que pasa es que, al caer el crepúsculo, cuando nos toca mirar a la parca a los ojos frente a frente, todos somos iguales.

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