-El siguiente

No escucha sus propias palabras, aunque nota el sonido reverberar dentro de su cráneo. Conserva la vista, pero no el oído. Otro "elemento innecesario", eliminado por el condicionamiento para evitar “distracciones”. Su carencia le resultaría frustrante, si Kleg pudiera conocer la frustración.

Kleg es un hombre reciclado. En una vida pasada se dedicaba a destrozar cuerpos. Con rifle y pistola. A culatazos o a puñetazos. Se le daba bien, pero hace unos años le apartaron del frente y lo reprogramaron. Hubo una camilla, con sujeciones en torno a sus piernas y brazos, una inyección en el cuello y luego una luz ardiente inundó sus ojos, depurando su cerebro de dudas y temores.

En realidad es muy fácil. Antes destrozaba cuerpos y ahora realiza el proceso a la inversa. Con las herramientas adecuadas, Kleg une carne igual de bien que la separaba.

Su nuevo paciente, a juzgar por los galones en los harapos que lleva, es un coronel. Ha sido recién traído del frente, situado a escasos veinte metros de la tienda donde Kleg realiza su trabajo. Esta mañana, hace sólo unas horas, eran doscientos.

Para Kleg eso no tiene importancia. A la luz de las silenciosas explosiones, examina a su paciente.

Presta especial atención al muñón de su brazo derecho, donde alguien ha intentado hacer un torniquete con los restos del uniforme, sin mucho éxito. Ignorando unos gritos que, de todos modos, no puede oír, deshace el torniquete y elige el reemplazo más adecuado al miembro perdido, escogiéndolo de entre una macabra pila de prótesis a los pies de la camilla. Es sólo cuando Kleg se inclina sobre el paciente con los sopletes encendidos y la sierra vibrando, que se fija en su rostro.

El hombre boquea como un pez fuera del agua, con un bigotillo medio chamuscado y los ojos desorbitados. Una fea cicatriz cubre su frente. Kleg recuerda esa cicatriz detrás de la camilla, detrás de la aguja y detrás la luz… del láser de condicionamiento.

El nombre no. Las letras desfilan borrosas en ese vacío que es su cabeza, pero recuerda a este hombre. Su mano firmó la sentencia de Kleg, él estuvo detrás de su reprogramación.

Siente un impulso cercano a su antigua vida. Tiene la de este hombre en sus manos. Él lo sabe. Lo ve en sus ojos. No es sólo shock del campo de batalla, sino reconocimiento, miedo al sentirse indefenso ante su antigua víctima.

Una olvidada sensación recorre la mente de Kleg. ¿Justicia? ¿Venganza? Las palabras ya no significan nada para él. Kleg sentiría frustración, si supiera qué es eso.

Se encoge de hombros y empieza a trabajar. Los sopletes sueldan y cauterizan, la sierra muerde hueso. Pronto el coronel es expulsado de la camilla con un brazo derecho de termoplástico y una buena dosis de tranquilizantes en sus venas y Kleg, que ya no conoce ni la ira ni la frustración, limpia sus instrumentos y dice:

-El siguiente

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