Me he acostumbrado a pensar ya pasada la media noche, porque tan solo allí es que los soldados heridos dejan de llegar como si sus vida dependiera de ello, como si en realidad pudiera hacer algo para salvarlos, es extraño pensar que hace tan solo un mes estaba sentado en el parque de siempre al lado del pequeño apartamento que utilizaba como hogar, tomando una pequeña taza de café, para que ahora la vida se ría de mi lanzándome en este consultorio que es confundible con la más repugnante prisión, con tan solo un tragaluz en la esquina más apartada de la puerta como conexión con el exterior.

Me han traído a la fuerza, aunque cabe admitir que por lo menos tuvieron la decencia de llegar un trato respecto a mis horarios de esclavitud, pero no puedo escapar, no me dejarían, como desaprovechar a un trabajador que no dará su mano a torcer con los gritos de los pacientes, que dormirá tranquilo cada noche porque los bombardeos no harán parte de una vigilia prolongada, como serían capaces de dejar ir al cobarde que perdió la audición hace cinco años cuando estaba en acción e intento escapar a toda costa.

Alguien ha abierto la puerta, la vibración del suelo me lo indica, pero yo estoy en un rincón de la miserable cama que han dejado en la celda, mirando hacía el tragaluz, sorpresivamente no viene a por mí, se habrá equivocado de recluso, pero de un momento a otro volteo la cabeza y ha dejado la puerta cerrada sin que pudiera darme cuenta, no importa igualmente, no es como si los guardias me dejaran pasar del pasillo principal si la hubiera dejado abierta, pero de un momento a otro las paredes se empiezan a mover y siento como una multitud sale corriendo por el pasillo, salen tan rápido como pueden de sus escondites los pequeños encarcelados y huyen.

¿Y yo? Yo no puedo, la puerta se ha quedado atrancada entre las paredes inestables.

Me quedo sentado un momento sentado delante de la puerta esperando a que alguien venga a por mí, pero de un momento a otro las paredes se quedaron quietas y concluí que solo había sido una falsa alarma, volviendo a mi punto tranquilo debajo de tragaluz, pudiendo apreciar la luna finalmente.

Segundos después compruebo que me he equivocado.

Las paredes han vuelto a temblar.

La oscuridad se apodera de la habitación y del cielo menos de esa hermosa luna.

Luna que me ha dado sonidos visibles con cada noche que pasa.

Y por un instante me siento como si nunca me hubieran arrastrado de la banca del parque a un automóvil de seguridad nacional.

Por un instante siento que vuelvo a casa.

Y no hay mejor final que ese.

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