Droy chequeó una última vez la mochila: células de fusión al 100%, nanos en verde. Todo listo.

Se recostó contra el talud y esperó.

La tormenta de obuses viró al norte. Sólo entonces el relanzador emergió de la trinchera y se adentró en la niebla de partículas.

Tras la tierra de nadie empezaba el paisaje volcánico del bombardeo. Una luz ámbar en su visor le indicó la existencia de fuego cruzado.

«Maldita sea, otra vez a arrastrarse», pensó tirándose al suelo para esquivar el fuego amigo. «¡Ja! Para un relazandor eso no existe».

El del primer cráter estaba demasiado triturado.

«Imposible hacer nada por él».

Droy siguió reptando hacia otro pozo. Allí las lecturas marcaban un prometedor 4’5. Se asomó al borde y divisó un leño: destripado, desmembrado y sin maxilar inferior. Pero con la caja craneal intacta.

«Ahí… y ahí: brazos y piernas. Servirá».

Descendió, extrajo un resu-pack y lo aplicó al estómago del soldado. Las hipodérmicas inyectaron las nano. Droy activó el pad con desgana. Le aburría marcar directrices de relanzamiento a IAs: ellas podían actuar solas. Pero como cirujano militar estaba obligado a ello.

«Supervisión humana. Memeces».

Una bala rozó su casco. Hubiera jurado que provenía de retaguardia: fuego amigo.

«No, hijoputas. Hoy no me ventilaréis».

Se recostó al fondo del cráter. Desde el pad supervisaba cómo el resu-pack trabajaba: cuatro regueros de nanos iban del leño a los miembros amputados para reintegrarlos.

«Quince minutos y regresarás al combate, amigo. Aunque te joda».

Sí, les jodía. Tanto como para odiar al Cuerpo de Relanzadores. Pero, ¿acaso tenían culpa de que las IAs no lograran un funcionamiento óptimo del cerebro? «Nos revivís convertidos en zombis », les había espetado la soldadesca durante siglos. Bajo tal presión y desprecio, el Cuerpo de Relanzadores había adoptado una tradición salvaje: mientras permanecías enrolado te anulaban las áreas 41-42-Brodmann del cerebro. «Lo que no escuchas no te afecta».

Ni así lograron eliminar su mayor causa de bajas: el fuego amigo.

«Nadie quiere resucitar convertido en carne de cañón idiotizada», admitió Droy. «Pero el Imperio necesita cada soldado, sin importar su estado».

Un obús detonó cerca. La cortina de bombardeo regresaba, pero las nano seguían trabajando. Droy odiaba dejar un trabajo a medias. Pese al peligro decidió seguir, esperar a que el relanzamiento se completase.

Despertó gracias a la inyección de adrenalina, amable regaló de su chaleco. Comprendía muy bien lo que había pasado: el obús había caído demasiado cerca. El visor le espetó los daños en forma de monigote agonizante teñido de rojo.

«Bueno, llegó mi hora. Y no por fuego amigo».

Sonrió.

«No, no voy a aplicarme un resu-pack. Eso queda para ellos; para mí esta puta guerra acaba aquí».

No reparó en la figura hasta que le cubrió con un abrazo. El relanzador vio unos labios que musitaban algo: ¿«Tú también», quizá?

El soldado, aún incompleto, hizo que sus nanos fluyeran sobre Droy.

—¡No, no quiero ser relanzado! —gimió el relanzador.

Pero las nanomáquinas eran sordas. Como él.

Comentarios
  • 3 comentarios
  • Wolfdux @Wolfdux hace 1 año

    Buen relato, Juan. Un saludo.

  • Ángela Giadelli @Angie hace 1 año

    ¡Hola Juan! Una curiosidad... ¿las negritas las marcas tú o te salen aleatoriamente? ¿Cómo las pones?

  • Las negritas la pongo yo para marcar los inicios de escena. Si envuelves las palabras deseadas entre cuatro asteriscos (dos a la derecha y dos a la izquierda), el texto queda en negrita. Eso o con le botón de negritas encima del cuadro de texto cuando se introduce el cuento.


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