En la pizarra colgada a su cuello, escribió: «Esa es el aroma del muerto». Los Muertos. Los putos muertos. Los encargados del Hospital lo escondían con olor a pino, pero en la morgue era la más dulce distintiva. Luego del temblor, el aroma característico de la zona: decesos pudientes, la prole más rica. Sus perfumes ya no desayunaban en Sanborns. Él pensaba que podrían encontrarse con Perséfone a la vuelta de la esquina, esperando.

Un carro bomba explotó a media calle, lo sintió debajo de las costillas como un golpe. Luego, la vibración y la memoria del cuerpo lo pusieron pecho tierra, con el Xiuhcóatl sobre la cabeza. Jaló el gatillo: un tirón, la descarga. Su misión asegurar la brecha. Se deslizó cual reptil sobre los recuerdos y la Reforma Educativa y los cristales de los sueños se enterraron en la palma de sus manos.

Joaquín apareció por la retaguardia para indicar el punto y la mira. Él comenzó a disparar. Un latigazo, un repliegue. Fuego color a amor. La calma regresó al tiempo que la cadera de su Capitán golpeó su hombro al sentarse. Exudaba calor. Apestaba a cabro correteado. Quiso morderle la boca. Cuando jaló la pizarra su hedor se impuso a los muertos y los lunares de su cuello sobre los lamentos de los vivos. Le excitó notar los efectos del sol bajo la camisa.

Leyó, asintió. Se puso de pie. Era muy romántico para la guerra, muy elocuente para tener mujer. La fuerza masculina de Joaquín lo dejaba sin defensas. Lo sintió como una palmada en la asentaderas, el revoltijo de su estómago hasta el cogote. Apretó con fuerza, se lanzó al frente entre las mugres destruidas.

El Sargento estaba tirado en la acera, apretando las tripas. Su olor a mierda le inundó la nariz. El rojo se adelantó con forma de manos a tomarlo de la solapas y él leyó en sus labios crispados: «Mátalos. Mátalos a los hijos de la chingada. Mátalos a todos por culeros».

Lo jaló detrás de una camioneta para revisar sus heridas. No iba a salvarse, lo sabía por experiencia. Recordó la Colt en su tobillo y se planteó el darle sosiego. Los ojos del Sargento se atiborraron de lágrimas que le surcaron la cara arrugada manchada de sangre cenicienta. No era un hombre de guerra, después de todo. En el Norte había sido agricultor y antes del Levantamiento, se dedicaba a la siembra del trigo sonorense.

«Ya nos cargó la chingada con esos hijos de su puta madre», leyó.

Sus labios amoratados. «Ya agarraron a la Regia». Luego el frío de la muerte le cayó como soplo sobre la nuca para dejarle la piel chinita. Se levantó de un salto. Corrió sin importarle el viejo, la retaguardia o los balazos. Su misión había cambiado; la prioridad: anunciar a Joaquín la huída. Lo vio cubriendo su regreso, se barrió entre los escombros. Con manos sangrientas y apremiantes, escribió: «Retirada. Cayó la Reg…»

En la pizarra quedó el rojo.

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