Si Manuel no fuese sordo como una tapia se habría asustado, como el resto de la escuadra, al escuchar gritar al cabo Palomares el mantra que les grababan a fuego en el corazón desde que eran bien niños. Acabó amortiguado; él entre plumas de ángeles allá en el otro mundo, y su proclama perdida como un eco entre los sonidos huecos de las RPK-16.

Pero, ¿qué hacía él con un Kaláshnikov en la mano? ¿Salvar al prójimo? Pues un poco sí. Atinaba ya poco, la verdad, medio ciego y sin oír apenas… Igual tenía a favor algo muy importante.

Bien pudiera ser que el arte de matar al prójimo le viniese heredado —ironías del destino, dada su profesión—, porque si echamos atrás la vista nos damos cuenta de que lo de aguerrido batallador le viene de lejos. Su padre luchó fieramente en la Batalla por la Independencia. La del XIX no, la de hace cincuenta años: la de Cataluña. Su tatarabuelo murió en la Pequeña Rusia, en Belchite. Del abuelo, mejor no hablar, que también por bélicas causas le tienen prohibido hasta el recuerdo. Y si seguimos remontándonos en el tiempo, bien podríamos encontrarle parientes en Cuba y hasta en Rocroi.

Y ahora, rozando con la punta de los dedos el siglo vigésimo segundo, con setenta años cumplidos y la vida hecha, Manuel —nacido de gallega y catalán afincados en Coria, casado con la más guapa y salá de toda Andalucía y al que había salido un yerno vasco y otro filipino—, volvía al frente, esquivando balas con una sola misión. Y no era la que había pregonado el cabo, una «Extremadura, que libre camina».

Él no estaba ya para politiqueos ni territorialidades. Su misión era otra: la de la sangre. Manuel se había aprovechado de su condición de médico para ser enviado al campo de batalla. Una vez en el terreno pensaba encontrar a otro Manuel, su nieto, y sacarle del frente aunque fuera a gorrazos. Porque si bien ambos compartían “ascendencia” bélica que les calentaba las venas, ya tenía reaños como para saber que nada de eso importa realmente.

Lo que importa es la familia. Lo que importa es…

—¡Manuel!

Su unidad intentaba defender la posición mientras él intentaba traer al cabo de entre los muertos. Volvió a imaginar su nombre de nuevo, y al hacerlo pensó (ilusamente quizás) en su Manuel.

Levantó la cabeza. No podía hacer nada por el cabo Palomares, y él aún tenía una misión por cumplir. Poco a poco se alzó, intentando no ser visto por las miras enemigas. No podía asegurarlo, pero entrevió un muchacho que se le asemejaba mucho.

Le llamaron, esta vez de verdad. Había cometido la misma temeridad que su cabo. No dio tiempo a más: el casco no le protegió. Una bala le impactó en el conducto auditivo ya estropeado. Regó pacíficamente su tierrina de sangre y ya no oyó, ni vio, ni sintió nada.

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