Una explosión de mortero cayó cerca de la tienda y la enfermera se sobresaltó, haciendo que la mitad de los utensilios que tenía en la bandeja cayesen al suelo. El médico la miró fijamente.

—¿Todo bien? —preguntó el hombre mientras terminaba de coser la pierna de un soldado inconsciente.

—Lo siento, doctor. No me acostumbro a las explosiones…

—A mí me pasaba lo mismo —dijo él, volviendo a centrar la mirada en los puntos de sutura que estaba dando.

La enfermera recogió lo que se le había caido y lo metió en la pila de objetos sucios. Luego terminó de limpiar la herida que el médico había terminado de suturar. Cuando terminó, se acercó al doctor que rellenaba un informe y le puso una mano en el hombro. Este se giró hacia ella.

—¿Cómo perdió el oído? —preguntó mientras el médico le miraba los labios.

El hombre hundió los hombros y suspiró, como si la pregunta supusiera un peso pare él.

—Fue en una guerra como está, hace unos años —comenzó a decir—. Yo estaba recién alistado. Mi padre fue medico en la segunda guerra mundial, ¿sabes? —dijo orgulloso mirando a la enfermera a los ojos—. Me contó cientos de historias del campo de batalla, de cómo salvó todas esas vidas. Eso me inspiró a hacer lo mismo, a seguir sus pasos, pero la guerra no es como la cuentan.

»Estaba en una trinchera atendiendo a un herido. Le habían disparado y perdía mucha sangre. Todo eran tiros y explosiones alrededor. Yo estaba muy asustado y no era capaz de detener la hemorragia por los nervios. El soldado me miraba, más asustado que yo. No olvidaré en la vida ese rostro. Joder, solo era un crio…

El médico agachó la mirada. La enfermera había distinguido unas lágrimas asomar antes de que otra explosión la asustase. Miró hacia el exterior del improvisado hospital donde los soldados corrían de un lado a otro, vociferando en un idioma para ella desconocido.

—…en la pared y le presioné el brazo para frenar la sangre —continuó el médico con un tembloroso hilo de voz—. Fue entonces cuando la granada llegó rodando hasta nosotros. Se quedó allí, entre sus piernas, durante lo que parecieron horas.

»Me paralizó el miedo. Solo veía la granada allí, a punto de explotar y llevarse mi vida por delante. No supe actuar, quizás si hubiese sido más rápido… O más valiente…

Los disparos se escucharon muy cerca y la enfermera miró recelosa hacia la entrada del hospital de campaña. Eran médicos voluntarios, se suponía que no corrían peligro, pero en la guerra solo había víctimas.

—Pero el soldado sí reaccionó; me empujó y caí al suelo, él se lanzó sobre la granada, cubriéndola con el casco. Desde entonces no oigo nada, pero gracias a eso, sigo vivo.

—¿Y el soldado?

El médico negó con la cabeza mientras unos militares entraban en el hospital y les apuntaban con sus metralletas.

—No disparen, somos médicos —dijo tranquilamente mostrando su acreditación.

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