Recorre el espacio con la mirada, detenido en mitad de un pasillo para recobrar el aliento. El ritmo es frenético y cualquier espacio sirve para albergar otro par de camas improvisadas con sacos y ropas viejas. El barracón se ha quedado pequeño y los refuerzos no llegan. Escasean las provisiones y el material para atender a los soldados heridos que batallan en el frente. Como médico de campaña, su misión es cuidar de ellos y, a pesar de saber que no cuenta con los medios suficientes para salvar la vida de la mayoría de ellos. Cada noche, ruega a Dios para que se los lleve pronto y les evite sufrimiento; y a veces, escucha sus plegarias y le reconforta saber que, al menos, no morirán solos en mitad de los escombros. Y así pasa los días, entre recuento de muertos, víveres y camas disponibles. Apenas tiene tiempo de pensar en la vida tal y como la conocía, antes de descubrir la crueldad del ser humano y las atrocidades de la guerra. Su vida es su trabajo y nada más, hasta que un día recibe una llamada para obligarlo a unirse a la causa.

Tras eludir el servicio militar por padecer de acúfenos, unos ruidos constantes en el interior del pabellón auditivo que disminuyen la capacidad auditiva de quien los padece; no tiene ni idea de sostener ni disparar un arma. Sus manos están hechas para sanar, no para matar. El simple hecho de tener que correr de trinchera en trinchera mientras esquiva disparos y metralla, y de tener que disparar a cualquiera que se moviera le produce pavor y ardores de estómago. Muertos y más muertos, que se multiplican por cientos. Miles. Y faltan manos para ayudar a su traslado. Los soldados utilizan a los caídos en combate para construir barricadas y muros de contención.

Duerme con el eco de las bombas al estallar en la lejanía y despierta con el hedor a descomposición. Desea morir y reza a ese Dios que lo ha abandonado para que escuche sus plegarias una vez más y una mina se cruce en su camino, pero ni en esto tiene suerte. Él, que no tuvo valor para enfrentarse a su padre y decirle que no quería ser médico, se aparta de sus compañeros y camina sin ocultarse de sus enemigos. Los francotiradores descargan su munición contra su cuerpo descubierto y desarmado. Al menos es feliz, aunque sea en su último minuto de vida.

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