2:11 PM. Última transmisión vía radio del comando Mike Alpha. Su rastro se había perdido en algún punto entre Tisserdmine y las dunas de Erg Chebi.

El avión dio otra sacudida. El traqueteo del motor acunaba a los seis hombres que volaban hacia su muerte. Nadie decía una palabra, el silencio pesaba más que cualquier otra carga. El sargento hizo una seña, y Griffin se levantó para abrir la puerta. En ese momento vio los proyectiles pasando a pocos metros de ellos, probablemente un antiaéreo camuflado. Tragó saliva. De pronto, sin producir ruido alguno, el ala de la avioneta estalló en una explosión de fuego y metralla. Griffin perdió el equilibrio y resbaló.

El mar de arena se aproximaba cada vez más rápido, el aire le presionaba el pecho sin permitirle respirar. El paracaídas apenas tuvo tiempo de abrirse. Cortó las cuerdas que aún le ataban a este y se giró justo a tiempo para ver a dos de sus camaradas siendo abatidos por la lluvia de balas. Explosiones mudas lanzaban arena en todas direcciones,las balas cortaban el aire a su alrededor. Se lanzó al suelo, parapetándose en la cresta de una duna. Cerró los ojos. Todo el caos cesó durante unos instantes. Agarró su fusil y apuntó. Uno. Dos. El retumbar del antiaéreo marcaba su ritmo, como un tambor que resonaba en su interior, obligándole a apretar el gatillo con cada nuevo latido. Tres. Cuatro. Los cuerpos de los enemigos cayendo contra la arena en silencio le provocaban una extraña sensación de calma. De la nada, alguien se abalanzó sobre él desde el otro lado de la cresta. Griffin saltó hacia atrás sobresaltado. Del hombre que se erguía ante él solo se distinguían sus ojos a través de una ranura del turbante. Griffin estaba acostumbrado a leer las miradas, y en aquella había un pequeño atisbo de duda. Lo suficiente para hundir su bayoneta en el estómago de otro cadáver. Se tumbó, y volvió a apuntar.

El sol abrasaba la nuca de Griffin mientras entablillaba la pierna del único superviviente de su equipo. A pesar de su formación como médico de batalla, había perdido casi todos los recursos en el accidente. El herido balbuceaba palabra sueltas que para Griffin no eran mas que muecas. Pero este, logró cerrar su mano en torno al brazo de Griffin y comenzó a apretar, con una mirada que destilaba miedo, perdida a lo lejos.

Griffin se giró lentamente, a tiempo para ver algo glorioso. Cientos de beduinos a caballo, cargando en fila desde lo alto de las dunas, como una tormenta de arena. Gestos fieros, bocas abiertas congeladas en la tensión de un grito mudo, los cascos de los caballos golpeando el desierto en el más profundo silencio, la arena y el polvo tapando el horizonte. Griffin escuchaba cada nota de aquella sinfonía silenciosa, mientras cientos de balas atravesaban su cuerpo; mientras caía sobre la cálida arena con una macabra sonrisa.

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