Odio los diarios y jamás pensé que llegase a escribir uno. Dadas las actuales circunstancias, considero importante que mi testimonio llegue a quienes pueda interesar.

La aparición de la magia en la guerra que estaban librando mis compatriotas fue el detonante que hizo que, una vez terminase mis estudios de Medicina en Oxford, los continuase en Netley. En el Quinto Regimiento de Fusileros de Northumberland, en la India, me recibieron con los brazos abiertos: por fin tenían cirujano, y mi sordera no les importaba lo más mínimo.

De hecho, más les preocupa esta maldita herida del brazo. Maiwand fue una masacre, como lo está siendo esta guerra contra los afganos. Que la magia se utilizara en el campo de batalla era sorprendente para un hombre de ciencia. Confiaba encontrar seres poco corrientes blandiendo un arma, como enanos y centauros, pero todo lo conocido supera con creces mis expectativas, así como los relatos de lo periódicos de Londres.

Esos bastardos tuvieron la osadía de dispersar una niebla que hizo que nos matásemos los unos a los otros. Si no llega a ser porque estaban atendiendo mi reciente herida, hoy no viviría.

Nuestro Consejo Mágico no se queda atrás y es, si cabe, más determinado: ayer bombardeamos Kandahar con Aligatos: uno de nuestros pilotos sobrevoló la ciudad y dejó caer la cápsula. El contacto con el fuego hizo que las criaturas que allí se contenían crecieran hasta alcanzar la altura de un edificio. Lagartos gigantes arrasaron una urbe en llamas, llevándose por delante tanto al enemigo como a aquellos de nuestros soldados que bregaban por avanzar en la toma del sitio. Todos, en la distancia, miramos sin pestañear aquella aberración que olía a pólvora, magia y muerte.

Pero que esta demostración de fuerza no engañe a nadie: perderemos la guerra. Veo a compañeros retorciéndose hasta la muerte en nuestro improvisado hospital. Allí he conocido a un joven excepcional llamado Mycroft. Siendo de los pocos que conoce la lengua de señas, ha sido -sin duda- quien menos tiempo ha tardado en aprenderla. Afirma que, como resultado de sus incursiones como espía, posee valiosísima información acerca de las tácticas sobrenaturales de nuestro adversario, y sostiene que el Consejo es incapaz de contrarrestarlas. También sostiene que he de conocer a su hermano.

Ahora, en plena batalla, escribo estas páginas. En ellas detallo sortilegios que el enemigo utiliza contra nosotros. Algunos son palabras; otros, la mezcla de potentes sustancias. Necesitamos que alguien con una mente despierta, preclara y abierta a nuevos desafíos sea capaz de encontrar la manera de superar estos ardides. Si alguien lee esto significará que tanto Mycroft como yo habremos muerto. Así, ruego encarecidamente que aquel que lo haya encontrado lo remita sin falta a la siguiente dirección: 221B de Baker Street. Londres. Inglaterra. A nombre de Sherlock Holmes.

Odio los diarios y jamás pensé que llegaría a escribir uno. De hecho, he olvidado encabezarlo adecuadamente: mi nombre es John Watson y hoy es 30 de Julio del año 1880.

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