Anton se subió a toda prisa en su destartalado coche, que reposaba frente al hospital de Atmeh. Miró por el retrovisor y vio que todo el personal médico no imprescindible se encaminaba al campo de refugiados a las afueras de la ciudad. También notó los temblores de las bombas que caían. Sobre los campos a ambos lados de la carretera saltaba arena a causa de la metralla. El frente de la batalla se dirigía también hacia allí.

A medida que recorría el camino de tierra vislumbró entre los olivos las telas que componían la residencia de aquellos que huían de la guerra civil siria. Antes de detener el vehículo, un grupo de veinte niños lo había rodeado. Él los miró en silencio. Vivía en un aséptico silencio perpetuo.

Apenas le dejaron bajar del vehículo, la mayoría lloraban, muy asustados. Ayudó a cargar a los pequeños en la parte trasera de una ambulancia. Estaban todos confinados, pero esa falta de intimidad pareció consolarlos.

Hizo un recuento mental de los menores que estaban allí. Faltaba la familia de Issa, la mayor de los niños del campamento. Anton la encontró ayudando a una pareja de ancianos. Ella, que siempre mantenía la calma, tenía el ceño fruncido y la mandíbula apretada. Cuando lo vio le habló en señas:

«Busca a mis hermanos, por favor. Tengo que cuidar de mis abuelos hasta que estén a salvo».

A salvo. ¿A caso lograrán estar a salvo alguna vez?

Revisó las tiendas de campaña. Las escasas pertenencias que tenían estaban abandonadas allí, con la esperanza de recuperarlas cuando el ataque pasase. Encontró tirada una muñeca de ganchillo. Aquellos niños se habían visto obligados a madurar antes de tiempo.

Anton sentía el pulso en su cuello y maldecía no poder oír para saber a qué distancia estaban los vehículos de los HTA, los yihadistas que querían acabar con aquel reducto de esperanza.

En una de las últimas tiendas encontró a Ahmed hecho un ovillo. Cuando lo cogió en brazos notó que el pequeño se había orinado encima. Aquel hermano de Issa nunca había salido del campo de refugiados. No conocía otra vida más que aquella.

Los vehículos de sus compañeros se encaminaron a la frontera con Turquía deseando que los terroristas no los siguieran. El coche de Anton se encontraba a cincuenta metros de él y se interponían ráfagas de balas. Se refugió bajo uno de los olivos rezando en silencio a Allah. El niño le humedecía la camiseta.

La sordera de Anton le impedía saber si todo había acabado, así que cuando notó que el niño ya no le agarraba con fuerza lo apartó poco a poco de su cuerpo. La sangre borboteaba del pequeño pecho de Ahmed. La vida se marchaba su rostro. Gimió con rabia y dolor. Gimió porque sentía que el que debía haber muerto era él y no un niño de seis años. De haber sabido gritar, lo hubiese hecho, pero solo pudo gemir mientras la guerra se llevaba todo a su alrededor.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Wolfdux @Wolfdux hace 1 año

    Una triste historia que nos traslada a una situación real y por desgracia, actual... Un saludo.


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