La noche me pisa los talones. No sé qué me ha poseído para dejar que se acerque tanto, no debí seguir cogiendo boletus, pero tras sólo encontrar rovellons los primeros kilómetros, cuando encontré el primer boletus no me pude resistir, adentrándome demasiado en el bosque. Ahora, cuando noto las garras de la noche arañándome la espalda, me arrepiento de mi falta de juicio.

El Sol se oculta, las estrellas muestran diminutos puntos de luz entre las ramas de los árboles, yo saco el móvil para usar la linterna, pero a los pocos minutos la batería se acaba. Miro al cielo, esperando encontrar una aliada contra la oscuridad, pero es una noche sin Luna. Miro a mi alrededor y las sombras que forman los árboles estiran sus brazos hacia mí. Cierro los ojos con fuerza, no quiero ver, no quiero que sea real. Agito la cabeza, queriendo sacar esas ideas de mi cabeza y continúo avanzando.

No obstante, sólo he dado unos pocos pasos cuando es inevitable que vuelva a pensar en las formas que toman las sombras. Recuerdo cuando era niña y en una esquina de mi pequeña habitación se alzaba la bruja. La mayoría de las noches sólo miraba por encima del hombro y me dormía boca abajo sujetando con una mano la sábana bajera y con la otra las mantas para asegurarme de que no me llevara o que si me agarraba estuviera lista para oponer resistencia. Otras noches, intentaba ser valiente y la miraba fijamente hasta que esa gran mano que alargaba hacia mí estaba demasiado cerca. Una vez me convencí de que para vencer debía averiguar qué escondía bajo la capucha. Primero vi a la bruja, como siempre, pero cuanto más mantenía la vista fija, más cambiaba, su rostro se iba revelando hasta que descubrí que había un niño, con el rostro tan asustado como el mío. Ya no volví a mirarla fijamente, convencida de que si lo hacía, el siguiente rostro bajo la capucha sería el mío.

Ahora, mientras avanzo, mis ojos se fijan en cada sombra que bajo mi mirada comienza a tomar forma y movimiento. Sé que la bruja sigue en esa habitación en la casa de mis padres, nunca dejé de verla, pero ahora siento su presencia. El tiempo pasa, no diviso la luz de la carretera en que he dejado el coche. El pensamiento de que la oscuridad me ha atrapado, que esto es cosa de la bruja de la sombra, se va abriendo paso en mi mente. Me desespero. Un búho chilla y alza el vuelo sobre mí, miro y sólo veo una gran mano. Grito y echo a correr en otra dirección, hasta que me tropiezo, caigo y sé que estoy perdida en la oscuridad. Miro a hacia arriba y me quedo congelada. El rostro de un niño me mira aterrorizado, lleva una capa y cuando lo reconozco es tarde, esa gran mano ya me ha atrapado y ese rostro pasa a ser el mío.

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