La apuesta

  • 19
  • 0

Deja de repetirte que esto es una pesadilla.

No lo es.

No te despertarás en cualquier momento.

No estás en tu cama.

No estás soñando.

Todo lo que te rodea es real.

Los árboles, cuyas copas eclipsan la luna y las estrellas. El suelo cubierto de musgo.

Como también es real la apuesta que has hecho con Camille.

"Tienes que pasar toda la noche en el bosque. Solo. Fácil, ¿verdad?"

Le das una patada a una piedra. Eres idiota, Rashid. Y también nictofóbico. ¿Por qué aceptaste?

¿Cuánto vale un beso suyo?

Todo.

Para ti lo vale todo, claro.

Y, bueno... Aquí estás.

Ignorando el torrente de pánico que corre por tus venas.

Intentando no echar a correr en dirección contraria cada vez que oyes el ulular de un búho en las ramas más altas, o cuando el viento las mece con suavidad, haciéndolas parecer manos hechas de sombras, salidas directamente de los malos sueños de un niño, a punto de atraparte.

Tu corazón late tan rápido que parece estar a punto de salir de tu pecho, y tan fuerte que todas las alimañas que pueda haber por aquí deben saber dónde estás.

Y deja de mirar a tu alrededor, anda. Sólo empeorarás las cosas. ¿Sabías que los depredadores pueden oler el miedo?

Las manecillas del reloj que llevas en la muñeca parecen deslizarse por miel espesa. Van demasiado lentas.

Sólo ha pasado una hora desde que cayó el sol. Y ya estás al borde de un ataque de nervios. Sabes que no aguantarás toda la noche.

Retrocedes.

Tu espalda choca contra algo.

Te quedas completamente paralizado, aguantando la respiración.

¿Por qué aceptaste, Rashid?

Una brisa glacial acaricia tu nuca, empapada de sudor.

¿Tanto te importa lo que piense Camille de ti?

Sí. Por supuesto.

Lo que ella piense de ti es lo único que te importa.

Vuelves lentamente la cabeza, y después el cuerpo entero. Otro golpe de viento frío te revuelve el pelo.

Frente a ti, se yergue una imponente criatura, descabezada, negra como el cielo oculto por los árboles, y extremadamente delgada. Sus mil extremidades son larguísimas, y una enorme boca vertical atraviesa todo su abdomen, desde el pecho hasta donde un humano tendría el ombligo.

La criatura emite un sonido gutural, una mezcla entre un quejido y un aullido.

Uno de sus brazos se extiende. Gritas. Nada ni nadie te contesta. Atrapa la capucha de tu chaqueta. Tienes la sensación de que tu caja torácica estallará en cualquier momento.

Bajas la cremallera con torpeza, tus manos tiemblan violentamente. La criatura no te impide que eches a correr.

No miras atrás.

No quieres mirar atrás.

A la mañana siguiente, Camille te trae la chaqueta. Su padre, el guarda forestal, la ha encontrado enganchada en las ramas retorcidas de un árbol hueco.

Justo después, te da un beso en la mejilla. Cree que has ganado la apuesta.

Te pones completamente rojo, y sonríes como un tonto, un tonto enamorado.

Como lo haces siempre cuando está ella.

Patético.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.