Aburrido, aprovechaba la espera para leer los whatsapps que había recibido durante las horas de vuelo. Unos cuantos de mi novia, otros más del grupo de clase y las chorradas típicas entre colegas. Me reí mientras veía el vídeo que había mandado Xabi. Echaba de menos a mis amigos después de haber pasado una semana visitando a mi padre y su nueva novia. Incluso tenía ganas de volver a la universidad. Menos mal que pronto serían los exámenes y se me pasaría esa morriña tan tonta.

Eché un vistazo a la cinta transportadora, tratando de localizar mi maleta azul entre el resto de equipaje. Llevaba esperando cerca de media hora y la mayoría de mis compañeros de vuelo se habían marchado del aeropuerto con sus pertenencias. Miré el reloj y le mandé un mensaje a mi madre, que estaba fuera esperándome en el coche, para que no se pusiera histérica por mi tardanza.

Por fin salió mi maleta, solitaria en un extremo de la cinta. Me guardé el móvil en el bolsillo de atrás de los vaqueros y esperé a que se acercase para cogerla.

Mi mano chocó con otra en vez de agarrar el asa.

—Nyet. – dijo la propietaria de esa mano de uñas largas pintadas de rojo. – Serrr mi maleta. – añadió haciendo sonar mucho la erre con un acento tan fuerte que me costó entenderla.

—No, es la mía. – intenté aclarar el malentendido.

—Nyet. – insistió de nuevo.

—No, mire. Tiene un descosido en el bolsillo de atrás. – expliqué intentando enseñárselo.

Me lo impidió un brazo tan gordo como mis dos piernas juntas. El dueño de ese brazo, un hombre trajeado mucho más alto y grueso que yo, me fulminó con la mirada. Sus ojos eran dos pozos azules sin vida que me provocaron un escalofrío.

—Pero... la maleta. – tartamudeé sin entender nada.

—De la señora. – dijo con ese acento tan raro, o al menos eso fue lo que entendía por su pronunciación.

El objeto de la discordia había continuado su camino por la cinta y desapareció de nuestra vista.

—No tocas. – me volvió a amenazar.

—¿Y luego? – pregunté usando sin querer la expresión que se había convertido en una broma interna entre mi grupo de amigos. A los que no eran gallegos les hizo mucha gracia descubrir que significaba "¿por qué?".

El hombre tampoco lo entendió. Se llevó una mano al interior de su traje, dando la espalda a los demás.

—No bromas. – me advirtió enseñándome una pistola oculta en su chaqueta.

Me puse pálido, asustado de verdad. ¿Qué estaba pasando? Entonces otra maleta azul, muy parecida a la mía tanto en tamaño y color, apareció en la cinta transportadora. La dama rusa se hizo rápidamente con ella. La examinó con gesto satisfecho y le hizo un gesto a su matón, quién se llevó un dedo a los labios pidiendo silencio.

Se marcharon dejándome allí plantado esperando que mi maleta volviera a salir.

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