Delirium tremens

Definitivamente estoy harto de los aeropuertos, de sus sistemas de control de pasajeros, de sus carteles multilingües que no hay quien entienda, de sus rebaños de turistas pastoreados por las agencias hacia los mismos rediles, de sus malditas tiendas libres de impuestos, pero no de estupideces...

Estos pensamientos una vez más me atormentaban en aquel gigantesco aeropuerto romano de tránsito hacia Tirana.

No, no me gustaban. Los aeropuertos me resultaban tan impersonales y aburridos que sólo podía soportarlos gracias a los cortos sorbos que daba regularmente a mi petaca. Era la botella de oxígeno de los montañeros que suben al Himalaya. El amarillento contenido me aportaba pequeñas dosis de valor para afrontar la espera en aquellos enormes espacios repletos de personas que no paraban de hablar.

De entre todos aquellos chirriantes sonidos que me rodeaban, me llamó la atención la voz profunda y modulada de un hombre que conversaba animadamente en la fila de asientos delante del mío.

Tenía un acento extraño. Imaginé que de algún país del este de Europa: Polonia o quizá Rusia. Mi inglés no es muy bueno, pero suficiente para distinguir algunos acentos.

Vladimir, como parece ser que se llamaba el que hablaba con acento del este, supongo que ruso, era un hombre maduro de metro ochenta y pelo gris glaciar. Parecía ser un pasajero habituado a los aeropuertos y a los viajes, supuse que por razones de negocios.

Su interlocutor, cuyo nombre no alcancé a entender, hablaba un inglés con acento de A Coruña y presentaba un aspecto muy moderno: abundante pelo peinado con gomina, unas gafas de pasta negra que le daban un aire intelectual y una gran y cuidada barba estilo hípster.

Vladimir defendía las excelencias del conocido licor ruso, y su pureza natural. El gallego, de su parte, hablaba de las propiedades curativas del Orujo de su tierra, único remedio conocido para tratar los ataques de “morriña”. Lo afirmaba él que llevaba media vida viviendo en Novosibirsk, en mitad de Siberia.

Detrás de ellos, podía observar el enorme ventanal, un privilegiado balcón para ver el ir y venir de esos monstruosos aparatos alados. ¿cómo es posible que vuelen? Son tan pesados.

Discretamente, di otro beso amoroso a mi petaca. Continué escuchando.

En un momento de la conversación, pareció que el ruso se sentía observado y miró hacia atrás, hacia la fila de asientos en la que yo me encontraba. Me miró fijamente y creí ver que me guiñaba un ojo cómplice. No puede ser, pensé.

Tras unos segundos y un sonido casi imperceptible, similar al que hace un ratón de ordenador al ser pulsado, la oscuridad lo engulló todo: el aeropuerto, la manada de turistas, Vladimir y su botella de vodka, el gallego y su excelente orujo, todo.

Alguien retiró las gafas de realidad virtual con el texto: patrocinado por “Duty Free Shops” de mis ojos.

No sé qué pensarás tú, pero a mí estas terapias modernas para vencer el miedo a volar no acaban de convencerme...

Comentarios
  • 3 comentarios
  • Hola. Soy uno de los que comentó tu relato. Tal y como te puse, el inicio me gustó mucho. No me esperaba encontrarlo tan abajo, la verdad :( Sigue trabajando de la misma manera que has escrito esos primeros párrafos y esta penúltima posición se convertirá en todo lo contrario: un puesto de podio. Te lo aseguro :) ¡Persiste! Un saludo.

  • mlp @mikiweb hace 11 meses

    Gracias por tus comentario. Ayudan mucho

  • necrox1412 @necrox1412 hace 2 meses

    Buen relato, no me esperaba ese extraño giro, pensé que el avión se iba a estrellar o algo así al final. Por si te interesa podrías leer mi poema "Oda a la locura" de Necrox 1412. Creo que soy el único que se ha arriesgado a escribir poesía en lugar de historias cortas.


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