El sobre descansaba sobre la mesa de roble del comedor. Pulcro, silente y perverso, escondiendo un doloroso mensaje.

César deambulaba nervioso por aquella habitación mientras el cigarrillo se consumía en sus labios. Tal vez aquella droga lícita ayudase a mitigar la ansiedad que le corroía por dentro. Miró el objeto de su tormento. Su nombre estaba escrito con impecable caligrafía en tinta azabache. Sólo podía significar una cosa:

Ella se había marchado.

Golpeó la pared con rabia y la ceniza manchó sus zapatos.

No. No. ¡No!

Aquello no podía estar ocurriendo. No en aquel momento. No cuando casi…

Mil preocupaciones tomaron protagonismo, luchando por ocupar el eje de su pensamiento.

La reunión con los especuladores, la pistola sepultada en el cemento, la tumba sin nombre junto al camino, el billete de avión, la noche de licores y excesos que le empujaron a aquella pecaminosa infidelidad, la principal desencadenante de aquel infortunio.

Volvió a pensar en todo lo que había en juego y un nudo estranguló su garganta. El sudor impregnó su frente y sus palmas y una opresión despertó en su pecho. Nada funcionaría si ella no estaba presente, si no corroboraba su coartada, si no firmaba aquel documento, si no entregaba el código de la caja fuerte. Era la única salida de aquel infierno al que otros le habían arrastrado.

Su última oportunidad.

Apagó el cigarrillo y se apresuró a abrir el sobre con manos temblorosas.

El timbre sonó de improviso y unos ladridos furiosos al otro lado de la puerta estremecieron su semblante. Antes de que pudiera alcanzar la puerta del balcón, un policía se encontraba apuntando a su pecho con una compacta de 9 mm. Varias lágrimas de frustración brotaron mientras era esposado. “No es justo”, pensó mientras se mordía los labios.

El móvil de Elena vibró para recibir un mensaje:

“La operación ha terminado”.

Ella dio un sorbo del té blanco y se deleitó con su aroma. El viento onduló su oscuro cabello, libre al fin de aquella odiosa peluca color zanahoria. Detestaba aquel tono ambarino.

Cerró los ojos satisfecha. No sentía ninguna lástima por César. Él la había utilizado y ella a él. Tan sólo había jugado mejor sus cartas y había ganado la partida. Ya no sentía miedo por las consecuencias y la voz de su conciencia había enmudecido tras tantas atrocidades presenciadas. Este trabajo había saldado al fin sus cuentas con la justicia y eso era lo único que importaba. Era libre. Y era feliz.

Dejó las monedas junto a la cuenta y le dedicó una sonrisa descarada al camarero que acababa de atenderla, haciendo enrojecer sus mejillas. Con gesto elegante detuvo al taxi más cercano.

—Al aeropuerto —solicitó serena mientras su mente trazaba un sinfín de posibilidades. Se sentía emocionada, como cuando su padre le regaló a su pequeño husky, como en su primer día en la universidad, como tras su primer beso…

El vehículo arrancó con un imponente rugido, rumbo a un nuevo comienzo.

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