Llevaban cuatro horas esperando en el aeropuerto y su vuelo no parecía tener intención de despegar. Aquel iba a ser su primer viaje fuera de España y habían salido de casa muy emocionados, pero los continuos retrasos habían conseguido acabar con su entusiasmo. Bruno se encontraba sentado sobre su maleta con la espalda apoyada en la pared y observaba sin interés el constante ir y venir de la gente, lamentando no haberse traído la videoconsola. Su abuela Claudia, viéndolo tan alicaído, se acercó a él con una sonrisa. Ella era el único miembro de la familia que nunca perdía el buen humor.

—¿Qué te pasa, tesoro? ¿Ya tienes morriña de tu casa? ¡Si aún no hemos salido!

—No, es que me aburro —refunfuñó el muchacho.

—¿Te aburres? —exclamó la abuela, fingiendo estar escandalizada—. Eso no puede ser. ¡Con lo interesantes que son los aeropuertos!

—¡Si aquí no pasa nada! No hacemos más que esperar.

—Conque no pasa nada, ¿eh? —La abuela echó un vistazo a su alrededor, como si estuviese buscando a alguien entre la multitud. De pronto señaló a un hombre que bajaba en aquel momento por las escaleras mecánicas—. Mira, fíjate en ese. ¿No te parece sospechoso?

Bruno observó al hombre, extrañado. Era alto y rubio, de ojos azules y piel muy clara. Al pasar cerca de ellos oyeron parte de la conversación que mantenía con una mujer morena que iba a su lado.

—¿Comprraste los billetes porr interrnet? Yo nunca sé cómo usarr las claves del banco.

Cuando la pareja se perdió entre el gentío, la abuela chasqueó la lengua y achicó los ojos.

—Lo suponía.

—¿Qué? —preguntó Bruno, intrigado.

—¿No te has fijado en su acento? ¿En esa cara de extranjero que tenía? —Bajó la voz, adoptando un tono confidencial—: seguro que era un espía ruso.

—¿Qué dices, abuela? —exclamó él, abriendo los ojos como platos.

—Lo que oyes. ¿O es que crees que los espías sólo existen en el cine? Los hay por todas partes. Te digo que ese hombre era un espía.

—Venga ya. ¿Qué iba a hacer un espía ruso en Galicia?

—Pues seguro que lo han enviado aquí para que averigüe la receta del caldo gallego. Porque por allí arriba tienen que pasar un frío, los pobres...

Bruno sonrió. A su abuela siempre le habían faltado unos cuantos tornillos. En aquel momento llamaron a los pasajeros de su vuelo. Sus vacaciones acababan de empezar.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Wolfdux @Wolfdux hace 11 meses

    Un relato muy divertido.

  • Elein @Elein hace 11 meses

    Me pareció super tierno! Muy bonito este relato sobre la abuela y su nieto, esa relación entrañable, el cariño, la inocencia, la complicidad. La verdad es que es precioso :) felicidades


Tienes que estar registrado para poder comentar.