La agradable voz en off femenina transmite su mensaje a los pasajeros del vuelo cuatrocientos treinta y seis, y Juan se abrocha el cinturón a la espera de aterrizar. Ya ha pasado un año desde que su Martiña obtuviera una beca de estudios y cambiara las Rías Baixas por la Plaza Roja, para disgusto de la abuela: «¡A esta rapaciña no se la ocurre nada bueno!». Desde entonces, sus conversaciones han quedado reducidas a horas de Skype cuando el trabajo lo permite. Pero Juan, que es de los que piensa que si Mahoma no va a la montaña, a ésta le crecen patas para moverse donde haga falta; compró un vuelo barato por internet para visitar a su hermana por Navidad.

Por fin, tras un trayecto de ocho horas desde La Coruña y dos escalas, el avión aterriza en suelo moscovita. Deseoso de salir de allí, se deja arrastrar por la marea humana que forman el resto de pasajeros para ir a recoger el equipaje. Su maleta sale de las últimas y con alguna que otra abolladura. Las ruedas tampoco salen bien paradas y se desliza a trompicones sobre el suelo de la terminal. Camina entre la gente en busca de la salida y la parada de taxis, hasta que escucha un estruendo a su espalda. Se forma un gran revuelo y varias personas salen corriendo. Una anciana se ha caído.

El personal sanitario no tarde en llegar y la ayudan a levantarse, mientras se queja en voz alta. Poco después, aparecen dos miembros del personal de seguridad del aeropuerto y descubren que la causa son unas marcas sobre el suelo, que proceden de la maleta de Juan. Se acercan a él y comienzan a hablarle. No entiende una sola palabra de lo que dicen pero los ellos siguen a lo suyo, hasta que comprende que quieren ver lo que lleva en la maleta. Los vigilantes, altos como dos castillos, lo escoltan hasta una sala. Sin embargo, un tercer hombre los intercepta antes de entrar y se pone a hablar con los agentes. Durante la conversación, sus gestos cambian. Pero, aún así, lo meten en la sala y abren la maleta.

—¡La madre que me parió! —exclama, al ver un pulpo envasado al vacío que, con tanto meneo, ha reventado y se esparce por toda la maleta.

Los tres rusos ríen a carcajadas mientras el pobre Juan, en mitad del bochorno, se acuerda de la riquiña de su abuela y todos sus antepasados celtas. Finalmente, consigue salir con la maleta envuelta en plástico transparente para que no gotee y acompañado por el desconocido. «Marcho que teño que marchar», piensa.

Espasiva. —Le da las gracias, es lo único que sabe decir en ruso.

—De nadda, prringao. —Juan no sale de su asombro, «¡Manda carallo, el bigardo este!»; en cambio, el ruso continúa—. Martiña me manda buscarrte. Soy Vladi, tu cuñao.

Comentarios
  • 4 comentarios
  • Raquel Valle @ValleS hace 11 meses

    Un relato divertido, ha conseguido hacerme reír imaginando toda la escena con el pulpo y los rusos. Y la intervención del cuñado es total. Enhorabuena!

  • Miriam Torres @Mimethai13 hace 11 meses

    Muchas gracias @ValleS. El caso es que la idea del pulpo me pareció tan surrealista que no sabía si incluirla o no, pero reconozco que me lo pasé bomba escribiéndolo. Muchas gracias por tus comentarios :)

  • Elein @Elein hace 11 meses

    A mí me encantó el final xD me hizo reír mucho. Durante el relato ya se palpa el humor y el desastre que envuelve al protagonista, pero es que el final es demoledor xDD

  • Miriam Torres @Mimethai13 hace 11 meses

    Gracias @Elein!!! Y yo que pensaba que era algo ridículo xD


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