Marcho que teño que marchar. Non podo falar agora. Aldara… Aldara, teño que atrapar un avión. No… Que te he dicho que nos vemos en casa. Bico. Venga, adiós, adiós.

Cuando se cabreaba, a Iago se le rebelaba la lengua sin querer. Pensaba en gallego, soñaba en gallego, pero cuando salía de la tierriña se le confundía la mente. Igual Aldara le entendía. Le comprendía hasta cuando no hablaba, por eso intuía que andaba enfurruñado por algo. Y daba igual lo que hubiera dicho, estaba seguro que cuando bajara del avión ella le estaría esperando a pesar del temporal.

Se acercó a un bar, pidió un café y se sentó a esperar que la impersonal megafonía anunciara su vuelo.

—Dima, te traigo un café —escuchó a sus espaldas, junto al ventanal. El dueño del bar se había tomado un breve descanso para visitar al anciano extravagante que había hecho de aquel rincón esquinero su estudio de arte. El hombre, en actividad frenética, apreció el gesto y la taza humeante con celeridad, pronunciando duramente y marcando mucho las erres en su contestación.

Grrratsias, muchas grratsias.

—Ya te pongo yo el cortado —resolvió una camarera la mar de mona—, Dima tiene trato preferente aquí. ¿Quieres algo más?

—¿Un pedacito de queso de Árzua no tendrás, no?

—¿Morriña, eh? ¿De qué parte eres? —Sonrió la camarera riquiña con el nombre de Eva escrito en la solapa cuando le contestó que era de Vila de Suso— ¿Qué pilla, cerca de Betanzos eso, o qué? Qué rica la tortilla…

—Muy rica, sí. ¿Qué me ha delatado? A ti el acento.

—Pues no es el más raro de por aquí… tenemos al ruso.

—Eso, volvamos a Dima. ¿Qué le pasa?

—Que son las cinco de la tarde, por eso le ves tan atareado… —Se acercó para contarle en confidencia— Viene todos los días, no falta ninguno, y siempre, a las cinco, empieza a pintar como un descosido. Siempre la misma mujer bajando del mismo avión. Lo único que varía es el tiempo: si llueve o hace sol.

—Qué enigmático, ¿no?

—Poco a poco le hemos ido arrancando cosas: se llama Dmitry Záitev. No sé a qué se dedica, la verdad… pero ella, ella era una actriz de su país. Un día me contó que me parecía a Ekaterina, e indagando conseguí averiguar que se refería a Ekaterina Mendelieva. La pobre falleció en el accidente de 1983, el del Boeing 727 que iba a Roma... Paco, mi jefe, dice que es su manera de sobrellevarlo, como si tuviera la esperanza que un día bajará de esa maldita nave y por eso la aguarda aquí.

Sintió de repente unas ganas increíbles de ver a su novia. El anuncio del vuelo no se hizo esperar, pagó y se despidió. Al pasar por al lado de Dima, se asomó al lienzo. No podía imaginar el dolor de ese hombre, si algo así le sucedía a Aldara él se moría.

Terminó llamándola de nuevo, sólo por si acaso.

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